Hoy quiero compartir con todos vosotros un tesoro de nuestro archivo que es, sin duda, determinante para entender el origen de la actual cofradía de Nuestra Señora de la Piedad. A menudo damos por sentadas nuestras tradiciones, pero conocer el «porqué» de nuestras raíces nos hace valorar mucho más lo que hoy ponemos en la calle.
A través de las palabras de Felipe García Sánchez, nos sumergimos en la Álora de finales de los años 40. Es fascinante descubrir cómo la Hermandad del Silencio no nació como una simple cofradía más, sino como un auténtico revulsivo generacional. Surgió de la valentía de 33 jóvenes que, en 1949, decidieron romper con lo establecido para buscar una «fe sin ficciones», apostando por la sobriedad y la seriedad que Miguel Estrada trajo como inspiración desde tierras manchegas.
Os invito a leer estas líneas no solo como un ejercicio de nostalgia, sino como un homenaje a esos cofrades que, con apenas 15 pesetas de aportación y mucha imaginación, sentaron las bases de nuestra hermandad. La solicitud oficial a la entonces agrupación de cofradías está fechada el 18 de abril de 1950 y la primera salida formal es el 23 de marzo de 1951.
Conocer nuestra historia es la mejor forma de asegurar nuestro futuro. Espero que disfrutéis de esta lectura tanto como yo he disfrutado recuperándola:
La irrupción de la Hermandad del Silencio en Álora hay que concebirla como reacción a una forma de pensar y un revulsivo a la sensibilidad con que se desarrollaba en el pueblo, a lo largo de los años 50, la demostración pública de la fe.
La constitución de la Piedad como Cofradía fue también una resolución a la rivalidades que se daban en Álora entre las Cofradías de Jesús y de Dolores. Esta actitud que se da en un inmediato pasado de cincuenta años, en una época exaltada de un nacionalismo político religioso cuya prácticas externas de fe, salvo en muy honrosas excepciones, estaban condicionadas por la ficción o frenadas por el qué dirán, debido a la falta auténtica de una sólida preparación religiosa en parte de los que en ella participan.
La Piedad o el Silencio, abre un ciclo de non fiction, de autenticidad y valentía, reflejando una piedad cuya realidad fue arrostrada a cara descubierta.
Parten de una utopía. No tienen imágenes pero sobra imaginación. No poseen utensilios pero saben quienes son los que disponen de ello. No están respaldados por una tradición secular y centenaria en listas interminables de hermanos, se conforman sólo con 33 cofrades para empezar el camino.
Podrían haber actualizado cualquiera de las Cofradías hoy inexistentes y que hicieron en Alora historia en los siglos XVI y XVII, como la Cofradía del Santísimo Sacramento, la Hermandad de la Cruz, la Cofradía de la Santa Caridad, la de las Benditas Animas, de la Santísima Trinidad, del Apostolado o el de la Esclavitud, que constituyeron en su día movimientos trascendentes en la vida espiritual de nuestro pueblo. Optan por imponer un criterio nuevo aquí desconocido hasta entonces, un cambio generacional.
Dirigen el peso de atención a la persona y ésta contribuye no a representarse individualmente sino dentro de un contexto cuyas actuaciones se ven realizadas por un consenso y se toman decisiones democráticamente, muy avanzadas para la época en que discurre.
Miguel Estrada Sánchez venía prendido a su vuelta de Ciudad Real en el año 1.948 de un desfile procesional que allí salía a altas horas de la noche, mas bien de madrugada, al paso monoritmo de los sones de tambores, donde los penitentes portaban unas velas que blandían elevadas, equipados con capirotes y ataviados de una especie de manto o capote, que se desplegaba al extender el brazo que soporta la vela. Y apuesta por hacerlo revivir entre nosotros para darle una mayor seriedad a nuestras procesiones.
Esta Cofradía que él concibe hace el primer recorrido procesionando a Cristo en el Santo Entierro, como la Hermandad del Silencio, el año 1.949.
La componen 33 jóvenes, sin estatutos, con imagen y trono prestado por la Hermandad de Jesús. Se forma la procesión con dos filas de 15 penitentes, abriendo marcha un estandarte. Conectaba la cabecera del cortejo con el trono un campanillero. Todo dirigido por un responsable, el Hermano de Calle.
Todos los hermanos vestían traje azul, camisa blanca, corbata negra y guantes blancos y aunque era deseo equiparse posteriormente con capa, nunca llegó a realizarse.
Todos los puestos son sorteados, pero al menos, durante los tres primeros años, a quien le toca tiene la diferencia de ceder el de Hermano de Calle a Miguel Estrada Sánchez que siempre se resistía a la permuta y si aceptaba finalmente era por obediencia. También cedían el puesto de portador del estandarte a Francisco Sánchez Jiménez. El mismo día del sorteo se recogían las aportaciones en metálico para el cirio y otros eventos, que solía ser de unas 15 pesetas por hermanos.
Al principio le acompaña un sólo tambor, y el ritmo de sordina lo marca Pedro Estrada, al que en años sucesivos acompaña el Tormento y Zurrapilla y posteriormente Juan García Calvente y Antonio López Cobos.
Francisco Morrilla Pérez es el encargado de buscar a los hombres de trono, que no pertenecían a la Cofradía y a partir del segundo año son agasajados con un ágape por Pedro Pérez-Lanzac Rodríguez, de la Cofradía de Ntro. Padre Jesús, que dirige el Santo Entierro como Hermano Mayor de Trono.
Son los años que florecen entre la juventud aloreña una pléyade de jóvenes pintores que van plasmando en los estandartes motivos de la pasión. Alfonso Gil Aranda pinta uno para la Hermandad de Dolores, Cristóbal Lobato para el Señor de las Torres y Miguel Estrada para la Piedad en otro cedido por Dolores. En este del Silencio Miguel plasma el rostro clásico de una Dolorosa, por eso, cuando se encierra el primer ciclo de esta Cofradía pasa a integrarse este estandarte en el patrimonio de la Hermandad de la Virgen de los Dolores.
Cuando al tercer año pretende la Hermandad de Jesús englobar el Silencio dentro de sus cuadros, éstos se emancipan y pierden a tres de sus cofrades. No hacen más que ejercer el punto 5º del documento que Antonio Jiménez Sánchez y Antonio Bootello Casermerio, en nombre de la Cofradía del Silencio dirigieron el 18 de Abril de 1.950 a la Agrupación de Cofradías: Es deseo sin embargo de esta Cofradía, conservar íntegramente su independencia en lo que a su organización, administración, modificaciones o mejoras, respecte.
Por esta decisión hasta cambia el primitivo escapulario. Este tenía bordado en hilo rojo sobre fondo negro, en su anverso, una Cruz central rodeada de cuatro más pequeñas situadas en los respectivos ángulos. Se cambia por una sola Cruz en cuyo centro lleva un corazón de la Madre. En el reverso las iniciales de JHS continúa.
Al independizarse de Jesús solicitan de Dolores que le cedan provisionalmente un trono y José Carrasco Pérez es encargado de contactar con Olot para adquirir el grupo de la Piedad. Para no ser sólo de Dolores ni pertenecer exclusivamente a la Cofradía de Jesús, toman como símbolo el grupo escultórico de la Piedad, como síntesis de ambas, que más que disgregue y enfrente, aúnen los sentimientos de las dos.
Más tarde se hacen de un trono propio que sustituyó al que le prestaba la Hermandad de Dolores.
La dependencia de los que concibieron y crearon la Hermandad tenía tanta vinculación con el Silencio que al verse alejados provisionalmente del pueblo por motivos profesionales, pudieron comprobar con tristeza cómo desapareció la Cofradía.
Hoy de nuevo la Piedad camina con pasos seguros gracias a la voluntad y tesón de otras generaciones. Aún estamos a tiempo de completar la historia de sus cofrades, con aquellos que sobreviven.
FELIPE GARCÍA SÁNCHEZ
Foto portada: Primera de la imagen en Álora realizada por José Carrasco Pérez.

