Algo se muere en el alma.
Esa fue mi sensación cuando, apenas pasadas las diez de la mañana, recibí la llamada de Aurora comunicándome tu partida hacia la casa de Nuestro Padre.
Allí en lo alto te habrán recibido con honores y con los brazos abiertos tantos hermanos distinguidos como tú. Especial habrá sido el encuentro con ese padre añorado desde que tenías dos años, que hoy vuelve a abrazarte con toda la intensidad fraterna.
Tu sabiduría, tu generosidad y tu saber estar los guardo hoy como un tesoro en los ejemplares de «La agenda del abuelo». Al releerlos, descubro de nuevo todo lo bueno que nos transmitiste. Y los momentos vividos contigo no hacen más que agrandar tu leyenda.
Qué gran acierto fue celebrar tu 95 cumpleaños hace apenas un mes. Allí nos dimos el último abrazo, el último beso. Quizá ya intuía que podía ser el último.
Pero no quiero dejar pasar un instante de esta tarde triste sin lanzar al cielo otro abrazo, otro agradecimiento y otro “Viva Nuestro Padre” de los que tantas veces nos dijimos.
Tu hijo adoptivo, Paquito Lucas


