5 diciembre, 2021
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XVIII Pregón de la Semana Santa de Álora (2004)

                                                                           I

Es de bien nacidos mostrar agradecimiento.

Por ello, he de empezar mi intervención mostrando ese agradecimiento, en primer lugar primeramente, por las cariñosas palabras que el insigne Pregonero de nuestra Semana Santa del 2003 me ha dedicado al hacer la presentación.

No merecía tanto.

En todo caso, esas palabras han puesto un listón difícil de superar para quien sólo puede tener como título para ser Pregonera, su amor a su pueblo, sus profundas convicciones religiosas y el amor que llevo en la sangre al SEÑOR, en letras grandes, como decimos sencillamente los Hermanos y Cofrades de la Ilustre Archicofradía y Antigua Hermandad del Dulce Nombre de Nuestro Padre Jesús Nazareno de las Torres.

El Pregón, como acto de preparación que debe ser de nuestra Semana Santa, alcanza este año su mayoría de edad; aunque nos pueda parecer mentira, ya han pasado dieciocho años desde que se pronunció el primero en este marco incomparable de nuestra Iglesia Parroquial, como recordatorio de la Pasión de Cristo.

Y aquí viene mi segundo agradecimiento. Gracias, en nombre de todos los Pregoneros que me han precedido, a quienes tuvieron tan magnífica idea para enaltecer nuestra Semana Santa y a las personas e Instituciones, como el Ayuntamiento de Alora, que han continuado esa labor y prestan toda su colaboración.

Y, por fin, mi agradecimiento se dirige al Hermano Mayor de mi Cofradía, por haberse acordado de mí para encomendarme la tarea, más ardua de lo que esperaba, de hacer el Pregón de nuestra Semana Santa.

Todas las mujeres de esta Archicofradía, como todas las de nuestro pueblo, pertenezcan a una u otra Cofradía o Hermandad de Nazarenos, tienen los mismos o más méritos que yo, porque para pregonar sólo hace falta sentir y de sentimientos estamos llenas las mujeres.

Gracias por ello, Cristóbal. Gracias por haberte acordado de mí, aunque me hayas encargado esta partecita de la pesada Cruz de Nuestro Nazareno. Así, además, completamos mi marido y yo el honor de haber sido los dos Pregoneros de esta sin par Semana Santa.

II

Dignísimas Autoridades, Hermanos Mayores de las Cofradías y Hermandades de Nazarenos de Alora, Cofrades, Hermanas y Hermanos todos.

En primer lugar, mi oración y mi recuerdo para quien hasta hace poco tiempo fue Delegado Diocesano en las Cofradías, natural de este pueblo y al que muchos de los que nos encontramos aquí debemos buena parte de nuestra formación cristiana. Me refiero, por supuesto, a Don Antonio Ruiz Pérez.

En segundo lugar, estas reflexiones en que va a consistir mi Pregón, quiero y voy a hacerlas, porque como Pregonera que soy es derecho que me corresponde, desde lo que nos dicen los Evangelios, reviviéndolas en sentimientos para trasladarlos a este pueblo nuestro, a esta “ Jerusalén del Guadalhorce ”, como gráficamente fue descrita por un ilustre pregonero de nuestra Semana Santa, tan ilustre como todos los que me han precedido en esta tribuna que nos permite expresar esos sentimientos.

No sé si conseguiré estar a la altura de ellos, pero desde luego os puedo asegurar que he puesto el corazón en conseguirlo.

III

Estamos en vísperas del Domingo de Pasión, se presiente ya, con el olor del azahar que sube de nuestras huertas, que llega el Domingo de Ramos, cuando Alora, nuestro pueblo, en el comienzo de la primavera, convierte sus empinadas calles y sus plazas abiertas y luminosas, a las que no hace falta engalanarse para mostrar su encanto por la blancura de sus encalados, en un gran templo vivo de oración.

Calles y plazas por donde los titulares de nuestras Cofradías saldrán a explicarnos el Evangelio, como lo hiciera el Señor por las aldeas y pueblos de Palestina. Serán días de alegrías, de silencios, de oración, aunque sólo se manifieste en ese arrasarse los ojos de lágrimas, que tanto perdón y misericordia imploran, mientras contemplamos paso de nuestras queridas imágenes.

Días de luces y flores, lágrimas y cruces, para acompañar al Señor por el camino de la humillación y el dolor, que fue el que escogió no sólo para saldar la deuda que el hombre había contraído con Dios, sino también para mostrarnos su amor infinito, hasta sufrir muerte y muerte de Cruz, para nuestra Redención.

Haremos ese recorrido, a modo de Vía Crucis, tomando cada uno nuestra pequeña cruz, por cada una de las calles de la Pasión, por las calles de nuestro pueblo, Calle Calvario, Ancha, Bermejo, Zapata, La Parra, el Callejón, Convento, Santa Ana y las dos Plazas, calles con sabor a Cofradías, a meditación en esos días, acompañando a Cristo, bajo la mirada de su Bendita Madre y codo con codo con las Santas Mujeres que con Juan, el discípulo amado, fueron los que en ningún momento le abandonaron.

IV

Esa primera calle del camino que os propongo hacer, breve necesariamente pero no por ello menos intensa, voy a dedicarla a las Cofradías. Para recordar, para que recordemos, que ser hermano no es reducir toda la actividad cofrade a que salgan nuestras imágenes sin que les falte un detalle de amor o para acompañarles simplemente en sus desfiles procesionales, sino que la vida de hermandad, si queremos verdaderamente parecernos a Cristo, también se tiene que alimentar espiritualmente.

Que se está haciendo un esfuerzo en ese sentido, basta para ello leer las Revistas que publican nuestras Hermandades, comprobando como se celebran la Eucaristía, charlas cuaresmales, oración ante el Santísimo.

Como nos aconsejaba Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en Cuatro Vientos, en su última visita a España, en Mayo del año pasado y sigue haciéndolo siempre que tiene ocasión, todas ellas son actividades necesarias para alimentar nuestro espíritu, para que profundicemos en nuestra vida interior, de forma que no se quede en una simple superficialidad y así, con limpieza de corazón y con profunda paz interior, podamos mirar a Cristo y dejarnos mirar por El, contemplando su vida, pasión, muerte y resurrección.

Debemos perseverar en ese sentido, para que siempre sea una realidad la identificación con el Nazareno por excelencia, identificación que se traslucía en la anécdota – que contaba mi hijo en la presentación de un Cartel de nuestra Cofradía -, de aquel año, cuando debiendo subir el paso por la Calle Peligros desde el Callejón, una mujer, una mujer de nuestro pueblo, decía: ¡ Por ahí quieren que suba el Señor !, ¿ Para que se mate ?.

Lo veía hasta tal punto vivo con ella, con nosotros, que a ninguno de los que participamos con devoción y con nuestro sentimiento puesto en nuestra Semana Santa, nos puede extrañar tal pregunta.

V

Ese Vía Crucis particular que, siguiendo la Vida de Jesús, os propongo hacer tiene un preludio alegre y dichoso. Después los vítores se convertirán en cruces y coronas de espina.

Pero antes está, ha llegado, el Domingo de Ramos.

San Lucas nos dirá: “ Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza. Al acercarse a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos diciéndoles: Id a la aldea de enfrente; al entrar encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta, ¿ por qué lo desatáis ?, contestadle: El Señor lo necesita ”.

Es la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pero no la va a hacer en briosos corceles ni en carrozas espléndidas. En su humildad, en su Divina Humildad, monta sobre un sumiso animal que va a cumplir, tembloroso, esa augusta misión de llevar sobre él al Hijo de Dios hecho Hombre, a Dios mismo.

Los acompañantes de Jesús, no sólo los discípulos sino todos los peregrinos que han ido a celebrar la Pascua a Jerusalén, cortan ramas de olivos y echan sus mantos al suelo para que le sirvan de alfombra. Todos cantan y los que más gritan son los niños. Cuando sus madres los empujan para que se acerquen a Jesús, los discípulos les riñen, alejándolos. El les ha reprendido para que no lo impidieran.

Pero hoy, Señor, muchos padres, con unas ideas falsas y con una libertad mal entendida porque según ellos no se debe condicionar a los pequeños con cuestiones religiosas, retrasan o lo dejan para cuando sean mayores, el bautismo de esos pequeños a los que Tú, Jesús, querías tener tan cerca.

Por eso, en esa mañana luminosa y azul de abril, como son todas las de nuestro pueblo, cuando la conmemoración de la Pasión de Jesús y con ella nuestra Redención, comience con la que de siempre hemos conocido como la procesión de “ La Pollinica ”, a la que, con el sol en la palma de sus manos, han acompañado los más pequeños, te vamos a pedir, Señor, que nos perdones y que las madres y las abuelas de hoy, imitemos a aquellas primeras mujeres que no cejaban hasta ver a los suyos, a sus pequeños, con el candor de la inocencia, junto a Ti.

Y que imitemos a Tu Madre que en ese instante de gloria, cuando sonaban los Hosannas y los Aleluya, también te acompaña en nuestro pueblo, bajo la advocación de María Santísima del Amparo, porque como Madre va a acompañar a su hijo en los momentos de gloria, de dolor, de resurrección.

VI

Otra calle de ese camino en nuestra Semana Santa es la del Calvario. Es una de las calles con gran tradición cofradiera de nuestro pueblo. Por ella, en un contraste más, de este pueblo nuestro de tantos contrastes, va a bajar la procesión del Señor Orando en el Huerto, para anticiparnos toda la humillación que Jesús va sufrir hasta completar nuestra Redención, subiendo después con la Cruz a Cuesta hasta el Calvario, donde tendrá lugar su Crucifixión.

Jesús ha terminado la Cena que ha celebrado con sus discípulos, en la que ha instituido la Eucaristía, el modo de quedarse siempre a nuestro lado de una manera real.

Nos ha dado también el Orden Sacerdotal para que continúe su misión en la tierra; y sale, como era su costumbre, para orar, para hablar con su Padre Celestial, hacia el Huerto de los Olivos.

Pide a sus discípulos que le acompañen con su oración pero hombres, al fin y al cabo, se duermen.

En la Oración en el Huerto contemplamos la reacción de Dios hecho Hombre ante la Cruz.

Señor, Tú has venido para esta hora y cuando la ves cercana también estás atemorizado y pides que si es posible pase ese dolor, pero que no se haga tu Voluntad sino la de tu Padre.

Como Dios, no sólo ves Tus sufrimientos (burlas, bofetadas, azotes, cruz), sino los de la humanidad entera ( toda clase de violencias, guerras, homicidios, envidias), que te oprimen como una losa hasta destilar sangre por todos los poros de tu cuerpo.

Tus discípulos de hoy, ni siquiera dormidos, estamos cerca de Ti. La Televisión no nos deja tiempo. Sólo aprendemos, tanto mayores como pequeños, lo que no debemos y vamos quitando el verdadero sentido de lo que debe formar nuestra vida: Ser discípulos tuyos.

En este Domingo de Ramos, contemplando el desfile procesional de la Sagrada Imagen de Jesús Orando en el Huerto, te vamos a pedir Señor que no vivamos entretenidos, sin caer en la cuenta de que también de nosotros, nuestro Padre Celestial espera una respuesta en todas las cosas insignificantes, para que estemos preparados cuando lleguen las importantes para nuestra vida y que podamos darles en esos momentos un sentido cristiano.

Acaba este desfile procesional y después de la explosión de luz y color y de fe que en este día se ha producido, nuestro pueblo continúa su afán diario y se prepara para los días grandes de nuestra Semana Santa.

VII

Pero antes de que el Jueves Santo Cristo cargue con la Cruz, tiene que recibir la sentencia y ser condenado a muerte.

También en nuestro pueblo se recordaba ese momento de la Pasión de Cristo, con la salida procesional de Nuestro Señor atado a la Columna, imagen hoy ya felizmente restaurada.

En este recordatorio de la Pasión de Cristo, no podemos nosotros olvidarlo.

Los Evangelios cuentan que después de los interrogatorios, ante los jefes del pueblo y con la sentencia que ellos mismos han elaborado ( muerte de cruz), los judíos han de recurrir a Pilatos, representante del poder romano para que la autorice.

Señor, sabiendo el Procurador que Te entregan por envidia, que eras inocente, les propone cambiarte por un ladrón y asesino que estaba en la cárcel, pero ni siquiera eso consintieron y una vez rendido a lo que exigen mandó que Te azotaran.

La flagelación precedía a la Crucifixión, pero podía realizarse en sustitución de la pena capital. Muchos morían en ella. Ni siquiera El se la ahorró.

Trenzaron también una corona de espinas y se la apretaron en la cabeza.

Todo ello lo soportó en silencio y con paciencia. Paciencia, virtud divina que El nos enseñó y que tan poco practicamos los que nos queremos parecer a El.

En esta noche de vísperas de Pasión, quiero reconocer que: ¡ Qué poco caso hacemos de tus enseñanzas, sabiendo que fue el Amor lo que te llevó a tanto padecer !.

Por ello te vamos a pedir:

Por tus sangrantes mejillas,

Por tu espalda golpeada,

Por tus heridas rodillas,

Por tus manos laceradas …

Por lo mucho que sufriste

Por nosotros en la Cruz:

Perdona nuestros pecados,

Acógenos buen Jesús.

Así se dirigía al Señor de la Columna un paisano nuestro, que igual que nosotros sentía la Semana Santa, en una Revista publicada en 1.947, y que hoy recuerdo

VIII

Dime, Jesús, ¿qué soy?

Dime, Señor Dios mío;

Dime, Cristo, ¿ soy río

Nada más, que al mar voy?

Yo ya sé lo que soy:

un miserable río,

Y Tú eres mar, Dios mío.

Espérame, a ti voy.

Señor, tu llevas luz

Sobre el hombro: la Cruz.

Yo también voy cargado.

Mas de sombra Jesús,

cargo con el Pecado:

¡También llevo mi Cruz!

Con el pensamiento en estos hermosos versos de un hermano de Jesús, para mí entrañable, la Pregonera, que empezó afirmando que era de Jesús, en esta tarde noche de Jueves Santo de nuestra Semana Santa, se va a encaminar como muchos otros hermanos, en la peregrinación de la Pascua, a Las Torres, “ atalaya – como dijera el poeta -, donde el reposo de por siempre espera, esa luz eternal que es Cruz y raya ”.

Y va recordar, y lo vamos a recordar todos, que la ejecución de la sentencia que sobre Cristo ha recaído, la muerte en la Cruz, tendrá lugar fuera de la ciudad. El madero vertical de la Cruz, estaba clavado en el suelo y el horizontal era llevado por el reo, cruzado o atado con cuerdas sobre la espalda. El camino hasta el lugar del suplicio se hacía a pie. Un funcionario le precedía llevando una tablilla en la que constaba el delito por el que era condenado.

También podía ir colgada del cuello.

Jesús Nazareno, Rey de los Judíos, pone la suya.

En esta ocasión, otra de las calles con más tradición procesional de nuestra Semana Santa, es la Calle Ancha. Pienso en esos momentos en que acompañamos a nuestro Jesús Nazareno de las Torres, en su bajada hasta la Plaza para recorrer las calles de nuestro pueblo, rememorando el Camino de la Humillación que sufrió para redimirnos, que esa Calle se debía llamar “ estrecha ”.

Y no me refiero a ello sólo por el inmenso gentío que te contempla un año más admirado ante tu paso, sino porque también Tú, Jesús Nazareno, ya no cabes, con tanto Amor, con tanto perdón para derramarlo en cada uno de los que te acompañan y de los que Te esperan en la Plaza, en todas partes, en ese recorrido procesional memorable de cada noche de Jueves Santo.

Vas con tu Cruz a cuestas, sereno, majestuoso, como Rey que eres. Marchas hacia el Calvario, junto a los dos ladrones, para que se cumplan las Sagradas Escrituras: “ Fue escoltado por malhechores ”. “ El mismo llevaba su Cruz ”.

Tú dijiste a tus discípulos: “ Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz que junto a mi se hace suave y ligera, y me siga ”.

La Cruz era el mayor símbolo de la deshonra, reservada para los peores criminales. Pero la señal por excelencia de la vergüenza, abrazada por Jesús, se ha convertido en trono de gloria, de amor, de misericordia para todos los hombres.

Jesús Nazareno, te voy a pedir, te vamos a pedir, en esta hermosa noche de Jueves Santo, cuando te veamos llegar a la Plaza Baja, entre el fervor de quienes te acompañan y te esperan, que aquello que libremente decidimos un día, no se convierta en un fardo pesado y no caigamos en las infidelidades, en la huida de los propios deberes, en el inventarnos cruces que se nos antojan insoportables, cuando son cosas sin importancia frente a la carga que de nuestros pecados llevaste, Jesús Nazareno, sobre Tus hombros, como dicen los versos que leía al principio de esta calle del Camino.

Y que como Tu te dejaste ayudar por el Cirineo cuando no podías mas con esa Cruz y a pesar de ello te levantaste y continuaste, por mí, por nosotros, también nosotros seamos capaces de crecer en paciencia, en comprensión, en humildad y dejarnos ayudar por un buen consejo.

IX

Por fin llega Jesús al Calvario, lugar donde, según una piadosa tradición, Adán había sido sepultado.

Perdonad, pero al relatar este paso de nuestra Semana Santa, lo primero que se me viene a la memoria, es el recuerdo de mi padre, llevando el Paso de Cristo Crucificado como mayordomo de trono o acompañándolo como simple nazareno de fila, como tantas y tantas veces lo vi hacer. Hoy quien sigue guardando esa tradición es mi hermano Pepe Luis.

San Lucas nos narra así la escena: “ Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí, y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda ”

Ya han clavado a Jesús al madero; los verdugos han ejecutado despiadadamente la sentencia. El Señor ha dejado hacer con mansedumbre infinita.

Sobre el hecho mismo de la Crucifixión los Evangelistas son muy concisos. Dirá San Marcos: “ Y le dieron a beber vino mezclado con hiel ”. Un narcótico para disminuir en algo el dolor. Cristo probándolo, para agradecerlo, no ha bebido. Va apurar su Cáliz hasta la amargura.

Repartieron Tus vestidos y sobre Tu túnica echaron suertes. Uno de los ladrones te increpaba porque no Te salvabas y lo hacías con ellos. Otro te pidió que Te acordaras de él cuando estuvieras en tu Reino. Tú, Señor, le contestaste que ese mismo día estaría contigo en el Paraíso.

Que tus brazos en la Cruz, Cristo de los Estudiantes, nos induzcan a la disculpa, a la comprensión, al amor, a la unión con todos los que nos rodean.

Guardaste silencio casi todo el tiempo. Tus primeras palabras en la Cruz son para pedir por todos perdón, porque no sabían, no sabemos lo que hacemos.

¡ Cuánta insensatez por nuestra parte con tanto excusarnos, con tantas palabras, no sólo vanas, sino que no llevan la paz y la serenidad a los demás !.

Concédeme, concédenos, Señor, Tu que fuiste Crucificado por nosotros, las mismas gracias que derramaste sobre el buen ladrón para que podamos estar contigo en el Paraíso.

Que veamos con tus ojos, que amemos, con tu corazón, Cristo nuestro, Jesús de nuestras almas.

Como también nos dejó escrito otro Hermano nuestro, igual de entrañable para mí:

Que sepa el mundo del inmenso Amor

Que tu doctrina tan sublime encierra;

Que halle alivio, rezándote, el dolor.

Abre al Mundo, Jesús, tu corazón,

Y derrama, Señor, sobre la tierra

La Gracia de la Paz y del Perdón.

X

Una calle más de ese camino que recorremos en esta noche, año tras año, larga y eterna del Jueves Santo de nuestra Semana Santa, es la que representa la salida procesional de San Juan Evangelista.

Será el único de sus discípulos que junto con la Madre de Jesús y con las Santas Mujeres, no le han abandonado.

El mismo nos cuenta que viendo Jesús a su Madre y al discípulo a quien amaba, le dijo a Aquella: “ Mujer, he ahí a tu hijo ”. Después, dirigiendo su mirada al discípulo, le dijo: “ He ahí a tu Madre ”. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.

Todavía, Señor, no habías dado todo cuanto tenías en la tierra. Aún te quedaba Tu Madre.

San Agustín refiriéndose a este episodio dice: “ Hace lo que recomienda hacer, para que los buenos hijos tengan cuidado de sus padres ”.

No sólo entregaste a Juan a tu Madre, sino a todos nosotros.

San Juan, cuando te veamos en esta noche de Jueves Santo, esplendoroso en tu hermoso cortejo procesional, enséñanos, primero, a no tener miedo al sufrimiento, a la Cruz, como tú no tuviste para no abandonar a Jesús ni siquiera en ese momento cuando todos han huido y, luego, a acoger a la Virgen en nuestras casas, como tú hiciste con su Madre, con la tuya, con la nuestra.

XI

La noche del Jueves Santo va a culminar con la salida procesional de la Santísima Virgen de los Dolores, siguiendo en pos de Cristo en esos momentos de dolor, porque ella quiso padecer y sufrir con El.

Ya está en la calle. A nadie extraña en este pueblo nuestro, como a nadie extraña en la tierra de María Santísima, que se piropee a una Imagen de la Virgen. Y no extraña porque sólo representa el amor y la devoción que se siente por ella.

Va muy guapa en su inmenso dolor. Si las Madres en todo momento animan a sus hijos, aún hoy noche de Jueves Santo cuando va acercándose ya la consumación del Misterio, no tenemos tus hijos más remedio que hacerlo con Ella, para que pueda aguantar tanto sufrimiento.

En tu vida, Madre, nuestra como la de Tu Hijo, van inseparables el dolor de la Cruz y la alegría de la Redención.

Habían transcurrido ya varios días desde la feliz Noche de la Navidad, cuando la Santísima Virgen, acompañada por San José, sube a Jerusalén a presentar al Niño al Señor, según la ley judía.

San Lucas nos contará la escena. “ Simeón los bendijo y dijo a María, su Madre: Puesto está para caída y levanto de muchos en Israel y para signo de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones ”.

Y aún añadirá el Evangelista: “ Su madre conservaba todo esto en su corazón ”.

En efecto, debió acordarse con exactitud de las palabras del Arcángel en la Anunciación: “ El será grande y llamado el Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin ”.

Cuando más feliz estaba la Santísima Virgen, contemplando los beneficios que el Nacimiento de su Hijo traía al mundo, quiere Dios descubrirle ya los sufrimientos que ha de padecer el Niño y el Dolor en su alma de Madre.

Nos manifiesta el Señor que la alegría de este mundo no está lejos del dolor.

Como dice San Juan, el Mesías era la luz verdadera que viene al mundo, pero el mundo no solo no la conoció, sino que le pagó con la muerte.

Ella, porque se sabe Corredentora, acepta los sufrimientos de Su Hijo y los suyos, por otros hijos que el Suyo le ha encomendado.

Hoy se nota más que nunca el afán de todos por desarraigar lo que nos contradiga, lo que nos haga sufrir, cualquier adversidad se nos hace un mundo. Y nos quejamos y rebelamos hasta contra Dios.

Y ellos, precisamente, que son los justos por excelencia, se abrazan dulcemente al dolor.

Que en esta noche de Jueves Santo, Virgen de los Dolores, cuando recorras nuestras calles, siguiendo a Tu hijo en su peregrinar con la Cruz, sin que Tú puedas ayudarle, como querrías sin duda hacer, como lo haríamos todas las madres, mirándonos en Ti, podamos decir, como en hermosos versos te dijo un hermano de Jesús:

¡ Quien no siente a tu paso, Virgen buena,

que del alma a los ojos fluye el llanto

al mirar en tu cara tanta pena!

Y que podamos abrirte de par en par todas las puertas del alma, porque como también te ha cantado otro poeta nuestro:

Abridle de par en par

La flor de los corazones.

¡ Que viene sola, muy sola

La Virgen de los Dolores!

XII

Después de la larga e intensa noche del Jueves Santo, con apenas tiempo para el descanso, Alora se está preparando ya, para el día más grande de nuestra Semana Santa.

La mañana de Viernes Santo del año pasado, mi nieta que había permanecido en la procesión hasta bien entrada la noche del Jueves, entre sueños, medio dormida, pudo percibir los primeros sones de trompetas y tambores que van a acompañar a Jesús y Dolores en esa mañana. Y con su media lengua saltó corriendo. “ Abuela, mi túquima”.

Como ella, habrá muchos más, pequeños y mayores, ya en esas primeras horas en la calle porque es el día grande nuestro. Al principio serán pocos cuando las imágenes hayan comenzado su desfile procesional. Mas, poco a poco, el pueblo se irá llenando de gente. Los que aquí vivís permanentemente; los que vivimos fuera y volvemos esos días para seguir sintiendo lo que es nuestro y los que vienen ese día a acompañarnos, hasta hacer que las calles y plazas se desborden.

Se va celebrar la procesión de “ La Despedía”. Cada pueblo tiene su tradición. Nosotros tenemos la nuestra profundamente arraigada. No es simple colorido, sino también fervor y religiosidad.

Aunque, como tantas veces se ha dicho, mas que Despedida es el encuentro de la Santísima Virgen con su Hijo en el Camino del Calvario.

Ese momento se produce cuando apenas se ha levantado Jesús de su primera caída. ¡Con qué inmenso amor se mirarían Jesús y su Madre, hasta verter cada corazón en el otro su propio dolor !.

Nuestra Señora ofrece a su Hijo toda su ternura, su fidelidad, su unión a la voluntad del Padre Celestial.

Jesús ha debido esperar este encuentro con su Madre. En un instante debieron pasar por El los recuerdos de Belén, Egipto, la aldea de Nazaret y ahora también la necesita junto a El. Y su Madre en nuestro pueblo lo está en la procesión de “ La Despedía ”.

Cuando ha transcurrido esa mañana cálida y hermosa, meciéndose los Pasos sobre los hombros de los cofrades y hacen la entrada triunfal en la Plaza de la Despedía, parece como si este pueblo, que presiente cercana la muerte de Cristo, quisiera unirse a Jesús y a Dolores para que no se encuentren solos en esos momentos de dolor redentor.

No voy a describir ahora algo que todos conocemos y hemos sentido. Sólo recordar como un año más se ha cumplido la tradición.

Volverá de nuevo Jesús a Las Torres por la Calle Ancha, que se volverá otra vez más “ estrecha ”, donde hasta su comienzo le acompaña su Madre.

Ni siquiera voy a preguntar: ¿Quién ha ganado?. Porque nosotros de la mano de la Santísima Virgen tenemos que consolar a Jesús y le vamos a pedir en medio de ese estruendo de sonido, luz y color, que sepamos pronunciar ese sí que se identifique con la Santa Voluntad de Dios, aunque no lleguemos a entenderla.

Porque el Señor y su Madre no nos abandonan y siempre se harán presentes para llenarnos de paz y seguridad.

XIII

Y empezará ya a sentirse próximo el dolor de la muerte del Redentor.

Han crucificado a Cristo. “Inclinando la cabeza, entregó el espíritu ”, afirma el Evangelio.

San Agustín pregunta: ¿ Quien puede dormir cuando quiera, como Jesús murió como quiso?

No se podía sepultar a los condenados sin el permiso que la ley romana exige. Cuando todos los demás han huido José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, senador virtuoso y justo que no ha consentido en lo que los demás han ejecutado, junto con Nicodemo, con una valentía heroica, demanda ante Pilatos el Cuerpo de su Señor. Bajaron a Cristo de la Cruz, con cariño y veneración y lo depositaron en brazos de su Madre.

El paso procesional de la Virgen de la Piedad, con Cristo en sus brazos al pie de la Cruz, nos recuerda ese momento.

Ella contempla y llora en silencio, como el que le acompaña por las calles de nuestro pueblo. Sufrió la Virgen, según la medida de su amor a Dios, el más grande que nunca tuvo ni tendrá criatura alguna; el que le correspondía según la plenitud de gracia en que había sido constituida. Sufría en la medida del amor que tenía a su Hijo y en el Amor a todos nosotros por quienes su Hijo había muerto.

El dolor nuestro también tiene un lenguaje, comprensivo sólo a la luz de la fe, aunque esto no sea fácil. Hemos de disponer nuestro ánimo, mediante la oración, la penitencia, la limosna, como nos ha pedido este tiempo de Cuaresma, para unirnos al misterio más importante de la Divina misericordia. Participar en algo de lo que padecieron por nosotros. Dios saca de la muerte la vida eterna para todos y la alegría de la resurrección, que celebraremos en poco.

XIV

Nos siguen narrando San Juan y San Mateo que José de Arimatea, que en un Huerto muy cerca del Calvario, se había labrado un sepulcro, después de comprar una sábana y con la mezcla de mirra y áloe que trae Nicodemo, tomaron el Cuerpo de Jesús y lo envolvieron con los aromas, como era costumbre entre los judíos y lo depositaron en el sepulcro, ayudados por Juan, María Magdalena y la otra María, la de Cleofás.

Jesús es enterrado. Y en esta Noche de Viernes Santo en que nosotros vamos a recordar su traslado al sepulcro, con la procesión del Santo Entierro, tenemos que evocar de nuevo unos hermosos versos:

¡ Tu Sepulcro! No es sombra terrible, pavorosa;

no es insondable abismo. Es claridad gloriosa;

es diestra de Dios Padre; es cumbre del Perdón.

Es el Hijo del Hombre como le gustaba decir al Señor, que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar la vida en redención por todos. San Pedro nos dirá que hemos sido rescatados de la vana conducta de vida que recibimos, no con oro o plata que son cosas que perecen, sino con la sangre preciosa de Cristo. Permite el Señor, a veces, que nos vengan el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las burlas y no podemos lamentarnos ya que en esos momentos quiere conformarnos a la imagen y semejanza de su Hijo.

En estos tiempos que nos rodean y arrastran al mal, pidamos al Señor y a su Bendita Madre, envolver con el lienzo de nuestras vidas limpias el ambiente para, como hicieron los primeros cristianos, cambiarlo. Es la nueva recristianización que Su Santidad El Papa nos pide, porque nos espera el premio de la Resurrección, si somos fieles a su doctrina.

XV

Como cualquier madre, en ese supremo momento de la muerte de su Hijo, la Virgen de las Animas camina junto a El. Ella, fuente de gracia y de misericordia como Madre de Dios, acaba así dando cumplimiento a su petición: Que pudiera sufrir y padecer con El.

Esa gran devoción que se tributa, en nuestro pueblo, a la Santísima Virgen de las Animas, es Ella la que la está inspirando, porque es la Madre del Amor Hermoso, del Santo Temor de Dios y de la Sabiduría y de la Santa Esperanza. Quiere que la miremos para aprender a identificar nuestros sentimientos con los suyos: alegrándonos con lo que le alegra y sufriendo con lo que le hace sufrir. Lo hace con cada uno, cuando acudimos en demanda de ayuda.

Cuando aceptó ser Madre de Dios, nos hizo nacer para siempre en su Corazón. Desde entonces entramos a vivir en el cariño de Nuestra Señora. Todo lo que hizo por su Hijo en la tierra, hoy lo hace espiritualmente con cada uno de nosotros.

Para la Santísima Virgen, siempre seremos hijos pequeños y quiere que le hablemos, le manifestemos nuestro amor, le contemos nuestras dudas, le pidamos en las necesidades, le demos lugar a que nos tenga siempre presente. Ella lo hace con cada uno de nosotros. Y es lo que hacemos en esa noche de Viernes Santo en que pese a la oscuridad en que queda el pueblo, se siembra la noche de largas hileras de velas, cada una de las cuales significa una petición, una promesa, una esperanza, una oración, un darle gracias.

Dolores de Viernes Santo

De corazones maternos.

Ojos que ciegan de llanto.

XVI

Mas, la Virgen Santísima es nuestra Madre, y no queremos ni podemos dejarla sola. Acompañamos a la Soledad de Nuestra Señora.

Las Sagradas Escrituras nos dirán: “ ¿ A donde se fue tu Amado, oh la más hermosa de las mujeres?. ¿a dónde se marchó el que tú quieres, y le buscaremos contigo ?.

Al considerar, como lo estamos haciendo, el profundo sufrimiento de Jesús y de su Madre, vislumbramos la malicia tremenda del pecado. Ella, a la que Dios preservó del pecado original, experimentó sin embargo el peso de los pecados corredimiendo con su Hijo.

El Cuerpo de Jesús ha sido sepultado. El mundo ha quedado a oscuras y María es la única luz encendida sobre la tierra. La Madre del Señor, nuestra Madre y las mujeres que han seguido al Maestro desde Galilea, después de observar todo se marchan también.

Ahora ha pasado todo. Se ha cumplido la Redención y somos hijos de Dios porque Jesús ha muerto y nos ha rescatado.

Es generalmente admitido que se volvieron a la casa donde se había celebrado la Cena Pascual y donde poco a poco, llegarían los discípulos, maltrechos y desmoralizados, después de haber huido y abandonado a su Señor.

También a veces en nuestras vidas hay situaciones de oscuridad, de cobardía, pero como los discípulos encontraron el consuelo en la Santísima Virgen, ya Madre de todos, nosotros en este final de la noche del Viernes Santo también hallaremos el consuelo en la Virgen de la Soledad.

Sombras en la calle

Y en el corazón.

Va sola la Madre.

XVII

De todos cuantos datos nos trae el Evangelio, el de la Resurrección de Cristo crucificado, muerto y enterrado, es el más importante.

San Agustín nos dice: “ No es gran cosa creer que Jesús muriese, porque eso también lo creen los judíos y los paganos. La fe de los cristianos es creer que resucitó ”, y que nosotros lo haremos también.

El Evangelio de San Juan nos narra que María Magdalena, al día siguiente del sábado, cuando todavía estaba oscuro fue al sepulcro y vio la piedra quitada. Echó a correr para decir a Pedro y al discípulo amado que se habían llevado el Cuerpo del Señor.

Mientras, María la de Santiago, Salomé y Juana llegaban al sepulcro, salido el sol.Vieron la piedra quitada y no encontraron el Cuerpo de Jesús.

Estando consternadas, dos varones se pararon junto a ellas con vestiduras resplandecientes y les dicen: ¿ Por qué buscáis entre los muertos al que vive?. No está aquí, ha resucitado, como había dicho.

Llenas de alegría las mujeres van a contar esto a los once y a los demás.

También los desfiles procesionales que hemos presenciado y a los que hemos acompañado, nos lo habrán contado a nosotros en estos días intensos de nuestra Semana Santa, si hemos sabido mirar en nuestro interior, si sabemos identificarnos con Cristo, si no nos hemos limitado a mirar superficialmente lo bien que han quedado nuestras procesiones.

Cuando en la alegría de la Resurrección, veamos un año más pasear por las calles de nuestro pueblo la imagen de Cristo Resucitado, que pensemos que la mayor de las felicidades es el alma tranquila, el dejar el peso de nuestras miserias y pecados en las manos misericordiosas de Dios por el medio que El estableció y como está mandado por la Santa Madre Iglesia, confesar, por Pascua de Resurrección.

Porque como dice San Pablo “ ni ojo vio, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento, las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman ”.

Y para eso hemos de vivir la vida de Cristo; e informar al mundo con su espíritu, que se pueda decir de cada uno de nosotros que somos otros Cristos, porque lo hemos colocado en la entraña de todas las cosas. Pues los cristianos no debemos olvidar que nadie es ajeno a a nadie y que todos somos responsables de todos.

Muchas gracias.

SEMANA SANTA 2004

MARIA DEL PILAR PEREZ GARCÍA.

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