InicioA los pies del NazarenoNuestra esencia más íntimaDe Madrid al Cielo, pasando por las Torres

De Madrid al Cielo, pasando por las Torres

QUERIDO VICENTE:

Mi padre me acaba de telefonear y no sin antes derramar algunas lágrimas, me pongo a rezar de la mejor forma que sé, cojo mi pluma de tinta morada y compongo esta misiva, pues no en vano hasta antes de ayer, como quien dice, fuiste nuestro Hermano Mayor.

Imagino las campanas de Gloria de las Torres Celestiales, cuando puntual, por la mañana temprano, habrá empezado la primera reunión que presides al lado de tantos Hermanos Mayores. Estos, no fueron menos amantes del Nazareno que tú pero sin duda no pudieron disfrutar de una Hermandad estructurada y organizada, de un verdadero libro de Hermanos, de acuerdos refrendados por escritos, de larguísimas filas de nazarenos…

Mi dolor de hoy, si no desesperado porque a las leyes de la vida es imposible desafiar, sí es intenso; intenso, porque ya no serán lo mismo los domingos de verano en «La Gavia», ni las visitas al Pasaje de Gorbea llevándote la última hora de la Hermandad, ni las idas y venidas de reuniones en el Renault 8…

Qué gran satisfacción cuando cabildo tras cabildo lográbamos aumentar la asistencia de hermanos; y el «Libro Morao» transcrito de tu puño y letra, verano tras verano en la azotea de tu casa del «Arroyo Jévar», fue tu gran obsesión.

Nunca olvidaré cuando recién nombrado Hermano Mayor me convertías en el directivo más joven de todos los tiempos, hiciste el más feliz del mundo a aquel niño que iba a cumplir catorce años.

Cuánto entusiasmo demostraste siempre con esta revista, si tardábamos en publicar el siguiente número estabas siempre alerta para que no desfalleciera la feliz idea de los albores de tu mandato.

Nadie pudo decir que no supiste estar en tu sitio; siempre fuiste el Hermano Mayor activo y efectivamente, aunque haya quien lo pueda dudar —serviste para las duras y las maduras—, el exiguo tanto por ciento que no estuvo de acuerdo con tu gestión nunca te hizo pestañear, y alguna vez hubo motivos para sumirte en la tristeza; pero no, mirada al frente y andar sereno con aquel bastón que tanto representó entre nosotros.

La pasada Semana Santa ya te eché de menos y todavía estabas con nosotros; aquella obligada visita a casa de tu suegra la tarde del Jueves Santo, tu precisión, tu meticulosidad, que aunque alguna vez se hizo un poco pesada, siempre sirvió para llevar las cosas a buen término.

Cuánto amor derramaste hacia NUESTRO PADRE. Él te lo habrá premiado y en él han de confortarse tu viuda —nuestra querida María— quien tendrá un sitio preferente entre nosotros, tus hijos Mari Pepa y Eladio que saben del gran cariño que te hemos profesado, y tu nieta Miriam, que siempre tendrá la túnica y la maza que en enero todos los años le estabas reservando.

Estaría hablándote hasta el amanecer, pero tengo que estudiar y madrugar para ir a darte el último adiós mañana. Esta rememoración de vivencias quisiera terminarla recordando cuando llamaste a la hija de Pedro Rodríguez para darle el pésame y sólo pudiste decirle: «Niña, yo quería mucho a tu padre». No dudo, que después de traspasar el umbral del cielo el primer abrazo te lo habrá dado él; parece que os estoy viendo en aquella taberna que se parece a «La Balita» con una botella de tinto, donde, entusiasmado porque se enteró de tu llegada, entra tu primo Antonio García Bootello que grita en voz alta y ronca: ¡VIVA NUESTRO PADRE!, y vosotros contestándole, le hacéis un sitio en vuestra mesa y os cuenta sus novedades para el año que viene.

Durante el tiempo que nos dirigiste, nos enseñaste desde el primero al último cómo ser eficientes al servicio del Nazareno, sin vanidades ni protagonismos; hoy, día de tu encuentro con Dios, nos damos cuenta que has hecho historia desde tu sencillez de espíritu y te conviertes en protagonista sin buscarlo.

En el día de tu entierro, todos lloramos como nunca; unos, lágrimas de silencio; otros, no conteníamos la emoción de que te hayas ido para siempre. Aquel paño que aprobábamos hacer, cubrió tu féretro hasta llegar delante de Jesús desde casa de tu prima —o mejor, de tu hermana Adelaida—, porque sus padres fueron los tuyos, y junto a ellos, en ese panteón glorioso para los nuestros, descansas en sueño eterno.

Quisiste venir desde lejos junto a los tuyos, y así ha sido. Con nosotros quedas para siempre, tus fieles, los que codo con codo resucitamos la Hermandad y la convertimos en Archicofradía no faltamos ninguno, el Estado Mayor de la Brigada se hizo presente en Madrid, y en nuestro pueblo, como ilustre Semanasantero, fuiste despedido por una masiva multitud entre las que destacó la Real Cofradía de María Santísima de los Dolores, con una hermosa corona de flores.

Descansa en paz, querido Vicente, rompiste con el tabú de que todo Hermano Mayor moría siéndolo y con tu singular manera de ser, perfeccionaste el dicho y te fuiste de MADRID AL CIELO, PASANDO POR LAS TORRES.

FRANCISCO LUCAS CARRASCO BOOTELLO

17 junio 1992

Vicente Morales García nacía en Álora el 3 de marzo de 1920; sus padres, Vicente y María Josefa, fueron cofrades de toda la vida.

Su amor a Jesús de las Torres fue igualmente heredado de sus tíos maternos Diego y Francisco García Morales, ambos Hermanos Mayores. Igualmente estuvo muy unido a Manuel Morales Carrión y a su primo hermano Antonio García Bootello.

Perteneció a los cuerpos ejecutivos de Correos y al de la administración superior de Iberia; era profesor mercantil, oficial de la Orden al Mérito Civil, Caballero Almogávar Paracaidista (1980) y presidente del consejo de redacción de esta revista (1984-91).

El 3 de octubre de 1983 tomó posesión como Hermano Mayor, sustituyendo al difunto Diego Fernández Perea; su etapa al frente de la Hermandad se cerró el 17 de agosto de 1991 y ha supuesto para la misma un cambio en todos los sentidos. Fue apoyado por un entusiasta grupo de directivos entre los que hemos de destacar a Francisco Carrasco Pérez con una sacrificada e infravalorada labor al frente de la tesorería.

Casado con María Lería García, el 24 de octubre de 1952, era padre de María Josefa Morales Lería y su nieta Miriam fue la gran pasión de sus últimos años de vida.

En Madrid, el 17 de junio de 1992, era llamado a su lado por el Nazareno, viniendo sus restos mortales a nuestro cementerio tal y como él deseaba.

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