La agenda del abuelo (I)

Muchos sabéis que con José Luis García Bootello se fue parte de mi esencia nazarena fielmente representada por su ejemplo de vida. Hoy tenemos el lujo de transcribir el artículo «La Carta que nunca pude escribir». Es sin duda un relato impactante sacado de sus apuntes en «La agenda del abuelo» fascimil que editaba y nos mandaba a los más allegados con cierta periodicidad en el tiempo que aun se sentaba a escribir.

LA CARTA QUE NUNCA PUDE ESCRIBIR

A mi Padre:

Cada vez que escribo algo referente a la Semana Santa de Álora, tengo que reseñar –por nostalgia–, la figura paterna. En estos meses que escribo sobre «Mi Vida y mis Recuerdos», con más fuerza viene a mi mente tu imagen. Una imagen perdida a través del tiempo, pero que siempre, en diversas épocas de mi vida he tenido en la cabeza.

Yo contaba apenas dos años de edad cuando te perdimos. Mamá me contaba que yo cogía unas hojas de papel, me las ponía debajo del brazo, y decía: –¡Como papá!, y salía hacia la puerta de la calle. Era el primer recuerdo que tengo de ti, y cuando ella me lo contaba se le partía el alma.

La vida en aquellos años fue muy cruel con nosotros, mamá pudo salir adelante con mil apuros, para criarnos a los cinco hijos y todos tan pequeños.

Cuando llegó la guerra del 36 metieron a mamá en la cárcel, y al día siguiente tras ponerla en libertad, tuvimos que salir para Málaga rápidamente, y refugiarnos con unos familiares como pudimos.

Al terminar la contienda llegó la época escolar en la que estuvimos los tres hermanos internos en el Colegio Salesiano de San Bartolomé, como huérfanos de padre que éramos.

Más tarde, el Servicio Militar de cada uno, los trabajos que tuvimos, no precisamente los que hubiésemos tenido contigo en vida.

Cuando cumplimos la edad oportuna, nuestras bodas respectivas, y así un montón de acontecimientos que fueron sucediendo con el paso de los años.

Ahora que estoy escribiendo algo de mi vida, llego a un punto que referente a tu persona no tengo recuerdo alguno.

Yo te eché de menos cuando me hice un hombre; de joven quizá no se piense mucho porque no existían tantas vivencias, pero de mayor quiero recordar que no te tuve a mi lado cuando comencé mi primer trabajo; yo tenía entonces diecisiete años, y lo que sí recuerdo fue cuando cobré mi primer sueldo y se lo entregué a mamá, que bastante tiempo había trabajado y luchado para sacarme adelante.

Te volví a echar de menos el día de mi boda, pues faltaba la figura del padre en esos momentos.

Me acordé de ti cuando nació mi primera hija, que le pusimos de nombre Aurora, como su Abuela. A mamá le agradó mucho que se le pusiera su nombre.

Noté tu falta cuando nacieron mis otras dos hijas: Inmaculada y Pilar. También tuvimos otro hijo, éste, varón, que la madre quiso ponerle como yo, José Luis.

Después de cada nacimiento, los bautizos respectivos; más tarde, al cabo de unos años se sucedieron igualmente las Primeras Comuniones. Todos estos actos tan familiares los hubiera disfrutado con nosotros, y también nos acordamos de ti.

Mis hijas se casaron, tuvieron hijos –son seis nietos los que tengo–, y revivimos nuestra historia a la par que disfrutamos con ellos. En estos eventos siempre me embargó la morriña y me preguntaba: ¿Por qué faltan a estos actos algunos padres y abuelos? En tu caso no pudiste disfrutar de nuestra felicidad junto a mi familia.

A los hijos se les quiere mucho, muchísimo, pero a los nietos se les adora; cuando son pequeños nos recuerdan a nuestros hijos, porque revivimos nuestra historia, y a estos pequeños se les quiere de una manera especial.

Ya soy mayor, voy rondando los ochenta años, y cuando llega la Semana Santa, por ejemplo, son muchos recuerdos vividos. Yo he colaborado en varios libros de la Hermandad de Jesús, ya que mi profesión fue la de Tipógrafo y me da bien ese tema.

¿Te acuerdas de «tu Hermandad»? El tío Paco, cuando yo tenía unos quince años, y pasaba las vacaciones en el pueblo con él, una tarde me leyó un artículo que trataba de un hombre muy devoto de Jesús de las Torres, y que siempre estaba dispuesto a trabajar por la Hermandad, y me enteré de lo que expuso una tarde aciaga del año 1931, en el Cementerio de Álora. Ese hombre eras tú –mi padre–, que aquel día se jugó la vida ante los insultos e injurias que le hacían al Nazareno de las Torres.

Desde entonces, tu imagen y la del tío Paco, se repite cada año al recordar la hazaña, la valentía que dos hermanos –y también hermanos de Jesús–, dos hombres cabales se opusieron a una turba de malditos y evitaron una catástrofe si esta chusma hubiere realizado el destrozo y la profanación de la imagen de Jesús de las Torres.

Los años que estuviste casado con mamá fueron muy escasos, quizá doce o catorce. No pudiste disfrutar ni de tus hijos, al fallecer a tan corta edad. La foto que acompaña a esta carta es una copia de la que tengo en mi mesita de noche, tú y mamá juntos, como yo os imaginaba siempre: amándose y cuidándose mutuamente. Ahora veo a mis hijos y los cuatro ya han superado los treinta y cinco que tú tenías cuando te fuiste.

Yo cuando veo a mi familia me pregunto: ¿Qué hubiera sido de ellos sin su padre? La figura del padre es importantísima para mantener la unidad familiar, para cuidar de los hijos, para mantenerlos, para educarlos.

Por esto, y otras muchas cosas, te eché de menos. Dicen que los viejos se vuelven niños; yo estoy notando cierta añoranza y pienso, en mi interior, que jamás he pronunciado la palabra Papá. Una palabra tan corta y tan gigantesca al mismo tiempo; una palabra que al pronunciarla cubre un vacío inmenso; una palabra que es de las primeras que aprenden los niños pequeños y que yo no pude pronunciarla más, porque no estabas con nosotros.

Termino esta carta; no sé por qué medio la recibirás, pero si llegara a tu poder, ya sabes que un hijo tuyo siempre tuvo el deseo de llamar en alguna ocasión a su padre. Te eché mucho de menos.

Hasta siempre, Papá.

José Luis

«Solamente dos legados duraderos podemos aspirar a dejar a nuestros hijos: uno, raíces; el otro, alas.» (Hodding Carter).

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