En este año santo para Álora, en que se cumplen veinticinco años de la Coronación Canónica de la Virgen de los Dolores, nuestra mirada se eleva emocionada hacia Ella, Madre y Señora de un pueblo que la aclama Reina y Protectora. Veinticinco años han pasado desde aquel 25 de noviembre del año 2000 en que, entre repiques de campanas, flores y lágrimas, el Obispo de Málaga impuso sobre sus sienes la presea dorada que el amor de sus hijos había soñado durante generaciones. Fue el día en que los dolores de María se tornaron gloria compartida y toda Álora, unida en torno a su Virgen, proclamó al mundo entero su fe y su devoción.
En este aniversario de júbilo y memoria, es de justicia recordar a quienes, con discreción y entrega, hicieron posible aquel sueño. Entre ellos, la figura entrañable de Don Antonio Ruiz Pérez se alza como un pilar imprescindible. Hijo de Álora, nacido en 1926, sacerdote desde 1948, peregrino incansable por pueblos y parroquias de nuestra diócesis, siempre llevó a su
tierra en el corazón. Álora lo arropó en su primera misa ante la Virgen de Flores, y desde aquel instante, él nunca dejó de corresponder a su pueblo con un cariño sincero, ayudando en lo que estuviera en su mano, aconsejando con sabiduría, alentando con fe.
Su paso por la vida fue humilde y firme, conoció alegrías y también incomprensiones, pero siempre caminó de la mano de la fe, la esperanza y la caridad. Como Delegado Episcopal de Hermandades y Cofradías, supo guiar con prudencia y justicia a nuestras corporaciones, resolviendo dificultades, renovando estructuras y, sobre todo, recordando siempre que lo
esencial no son los cargos ni los honores, sino la entrega a Cristo y a su Madre Santísima.
Por eso, cuando se gestaba la ansiada coronación de la Virgen de los Dolores, Don Antonio fue consejero y valedor incansable. Conocía bien el corazón de su pueblo, sabía del amor profundo de Álora a su Virgen, y con su apoyo decidido abrió caminos que parecían cerrados.
Gracias a su orientación serena, al respeto que inspiraba en la diócesis y a su entrega desinteresada, aquel anhelo se hizo realidad. Hoy, al celebrar las bodas de plata de aquel acontecimiento, no podemos olvidar que entre los nombres que lo hicieron posible, el suyo ocupa un lugar destacado.
Y si evocamos su memoria, no faltan recuerdos luminosos: su intervención en la coronación de la Virgen de Flores en 1984, su vibrante pregón de la Semana Santa de 1992, el solemne acto de entrega del Lignum Crucis a la Archicofradía del Señor de las Torres, o aquel homenaje entrañable por sus bodas de oro sacerdotales en 1998, cuando su pueblo lo rodeó de cariño y gratitud. En todos ellos, Don Antonio brilló con discreción, con sencillez y con esa cercanía que tanto lo caracterizó.
Partió a la Casa del Padre el 15 de diciembre de 2003, y aunque entonces se intentó, sin éxito, dar su nombre a una calle de Álora, su recuerdo no necesita de mármoles ni rótulos. Su memoria vive en el corazón de sus paisanos, en las cofradías que lo sintieron guía, en las generaciones que aún hoy recuerdan su sonrisa serena y su consejo firme. Vive, sobre todo, en este aniversario en el que el pueblo vuelve a proclamar a la Virgen de los Dolores como Reina coronada, recordando que él fue uno de los instrumentos que lo hicieron posible.
Y para cerrar este recuerdo, traigo el final de las palabras que escribí aquel 17 de diciembre de 2003, cuando su alma regresó al Padre eterno y tuve el honor de hacer su necrología: “Don Antonio: No habrá sido ninguna sorpresa cuando al mirar a los ojos de Dios se haya encontrado con el rostro del ‘Señor de las Torres’…
No se ría… ya sé que repitió mil veces que era de ‘Dolores’, sobre todo cuando alguno de nosotros estaba delante. En el fondo lo conseguía, nos quemaba la sangre; pero rápidamente terminábamos de acuerdo delante del Sagrario, donde no hay rivalidad, o cantando el himno a la Virgen de Flores, que tan orgullosamente seguirá repitiendo por todos los rincones del
Cielo.
Poco más… usted sabe que no le olvidamos, siga rezando por todos los que fuimos suyos, de manera especial por la Parroquia de Álora en la que tantos buenos momentos disfrutó y, por supuesto, por toda la Málaga cofrade, para que no olvidemos sus sabios consejos y seamos cada día mejores cristianos.”
Francisco Lucas Carrasco Bootello
PUBLICADO EN LA EDICIÓN ESPECIAL DE LA REVISTA DOLORES, CUARESMA 2026.
FOTO PORTADA: Don Antonio en su 50º aniversario de sacerdote.

