5 diciembre, 2021
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XXI Pregón de la Semana Santa de Álora (2007)

PREGÓN 2007

Pronunciado por Doña Luisa Ruiz Martínez el viernes 23 de marzo de 2007 y coordinado por la Hermandad de María Santísima del Amor y San Juan Evangelista

 

Buscar en lo más profundo de ti lo primero que recuerdas, ese momento sublime y excepcional que te hizo comprender que estabas vivo, puede parecer difícil y arduo. Para mí, sin embargo, sigue tan vivo que podría estar pasando en este momento.

Fue algo tan sencillo como unas tejas alineadas, pintadas de verdor húmedo y polvo; el sonido de un pájaro, entrecortado por el bullicio de los niños; un tambor rompiendo el aire desde algún sitio que no veía; y unos brazos cálidos y perfectos que me acunaban en la ventana de la casa de «Vitoria, la Fideera», donde entonces vivíamos.

Presiento que no todos tienen un primer recuerdo tan claro, tan armónico y tan vivo. Sinceramente, no todos tuvieron la suerte de criarse frente a esta Iglesia, la de mi pueblo. Justo en el centro de todo. Donde descansan la pasión y la alegría; donde se despiden el dolor y la muerte; donde al fin y al cabo, nos vemos todos llegando la primavera, para cantar la gloria de Nuestro Señor y el amor de Nuestra Madre. En todas sus advocaciones… siempre María. Reina y dueña de nuestros corazones. A veces Dolorosa, a veces de Gloria como nuestras Patronas, la Santísima Virgen de la Cabeza y la Santísima Virgen de Flores, a quien con su permiso, hoy me encomiendo. Para que Ella, que cubrió con su manto parte de mi infancia y adolescencia y que presidió todas y cada una de las horas de luz y oscuridad que he dedicado hasta hallarme hoy aquí, ilumine mis palabras con sus ojos y guíe mis pasos con su mirada.

 

Sr. Párroco. Autoridades, Hermanos Mayores de las diferentes Cofradías y Hermandades, cofrades, amigos y amigas.

Qué difícil la tarea que se me encomienda, y qué orgullo el ser encomendada para ella.

Muchas veces, en el tiempo en que pensaba, preparaba y soñaba con esta noche, un temblor inexplicable recorría mi cuerpo. El corazón me palpitaba acelerado y me estremecía. Era el miedo que se instalaba en mí, sentenciando mis pensamientos.

Amigos, es tanta la responsabilidad. Paso a formar parte de tantos y tan excepcionales Pregoneros con los que contó siempre nuestro pueblo. Por eso, siempre golpeaba en mi cabeza la misma pregunta: ¿Podrás tú afrontar tal tarea como tu pueblo merece?

Entiéndanme, es lógico que todo esto me invadiera y asustara, porque desde mi infancia, aquí, en la Plaza, no hubo nada más preciado para mí que nuestra Semana Santa. No falté nunca a ella; nada pudo separarme de estas calles cuando llegaba. Ni siquiera aquel año cuando la enfermedad y la desolación reinó en mi casa; ese, en el que lloré desde otro cerro, mientras oía la música volando hacia las Torres.

Pero puedo asegurarles, que cuando se serenaba mi terror a no dar la talla, asomaba a mis ojos una sonrisa orgullosa, sincera y agradecida porque la Cofradía de María Santísima del Amor y San Juan Evangelista, ha puesto en mí la confianza, ellos creen que soy la persona adecuada; y más que por mí,  que también (como dice mi amigo Antonio Vergara) por ellos, estoy aquí esta noche, dispuesta a cantar con mi mejor voz, la grandeza de nuestro pueblo y el amor que se nos asoma siempre, cuando vemos a los titulares de nuestras Cofradías, reinar por nuestras calles.

No sé si es que somos diferentes, pero cuando llega la primavera, y la retama y la gayomba pintan de dorado nuestros campos, nos volvemos pasión. Nos hacemos agua que fluye en las mejillas y estallamos en sentimientos que no todos comprenden. Yo, no soy una artista de las letras y quizás, mi forma de contarles el sentir de mi pueblo, no tenga el rigor literario que debiera. Pero lo que puedo asegurarles es que mis palabras nacen del corazón y que deseo que sirvan para pregonar con el mejor de los aciertos el sentir de todos los que amamos la Semana Santa.

Una vez, un buen amigo mío, me comentó la impresión y la incertidumbre que le dejó el primer contacto que tuvo con nuestra Semana Santa. No es mi intención ofenderle contándolo hoy aquí, es más bien el deseo de poder explicarle la realidad que nos mueve a los perotes a hacer lo que hacemos, y a vivir lo que vivimos.

Dice mi amigo, que no hay filas; que los nazarenos, no forman; que pasean por todas partes; que el bullicio y el ir y venir calle arriba, calle abajo, acera derecha, acera izquierda… dan poca seriedad a nuestras procesiones. ¡Ay, amigo! ¡Qué poco nos conoces! ¿Por qué te quedas en esa forma de ser, propia de nuestra tierra y no te paras a ver nuestros ojos mientras, como tú dices, irreverentemente rompemos el silencio? Está claro que tú no has visto lo que nosotros vemos…

Tú, no has acompañado a “La Piedad” calle Atrás arriba, ni sorprendido cuando a una sola orden del capataz, su trono paraba en seco a los pies de la ventana de Miguel Bootello, y se estremecía. Como si tuviera vida. Quizás porque la tiene, porque bajo él laten corazones entregados y sensibles que sienten el dolor, y que lo cargan.

!Ay, amigo! Si quieres de verdad conocernos, ven con nosotros hasta lo más profundo de nuestra casa. Limpia nuestros enseres, compra nuestras flores, ensarta uno a uno nuestros lirios… Quédate ante la ventana cerrada con cortinas corridas sin resquicio para ni un soplo de viento. Acompaña a esa familia que detrás de ella, vuelve a oír el sonido del tambor tras la reja, hoy más de luto que nunca. Porque ya no están; su hermano, su padre, su madre o su hija; no están para abrir los postigos, colgar la colcha o persignarse ante su paso. Pero Él, su Nazareno, si vuelve a parar en su puerta, y se mece suavemente sin ojos para verlo. ¿Tienes para esto, amigo, palabras de consuelo?

O si lo prefieres, ven el miércoles a buscar romero. Levántate de madrugada y sorprende a las nubes riéndose de ti, mientras tú lo único que quieres es llorar. Y como dice mi hermano, a quien debo muchos de estos recuerdos porque a mí me tocaban otros menesteres, carga sacos vacíos para llenar. Vuelve una y mil veces a mirar al cielo. Sí, cierto que para que llueva, las nubes tienen que venir del Hacho, pero y si hoy no es así. Con esta incertidumbre, camina hasta Canca, llena los sacos, y vuelve andando; porque en la furgoneta de Antonio “El Largo” que llega de repartir el pan, no caben más que eso, los sacos. Luego, desanda lo andado y reza para que las nubes no vengan ni por el Hacho, ni por ningún otro lado, por si acaso.

Amigo, mi pueblo es mucho más que una fila de nazarenos bien templados. Es sentimiento y fuerza, es amor. Déjame y déjenme ustedes que esta noche intente contárselo.

 

VIERNES DE DOLORES

Queda tan poco para el Viernes de Dolores, que a mí ya me parece ver  el traslado de la Virgen. Siete dolores clavan su corazón en cada una de estas piedras. Resuena en las columnas el canto más devoto y más mariano. Y en silencio absoluto, su reflejo en las paredes te devuelve, a  tiempos pasados. Va a su trono de reina y le cantan sus hijas a sus pies. Verla tan hermosa pasar por tu “vera” sólo infunde un deseo; gritarle con el alma: Dolores, haz que quien me mire, te vea.

CRISTO DE LA COLUMNA

Sabes, amigo, cuántas veces viéndolo ahí solo en su altar enmarcado; descubierto, abatido, maniatado… deseé verle portado por los hombres que hasta ayer, casi no lo veían. De niña, le miraba sorprendida y me parecía que los músicos, le esperaban en la Plaza como a los otros. Pero Él, nunca salía.

Ahora, recuperado y adorado, puedo verlo subir a la Fuentarriba. Ya no son sus cuerdas, su calvario; ni su espalda azotada, su tortura; ni su columna, su única compañía. Ahora su pueblo lo acompaña como debió hacerlo siempre.

Ya ves que empezamos pronto en este pueblo. Y que hacemos del sábado, lo que nadie espera. Aún Jesús no caminó triunfante y nosotros ya vivimos la esperanza.

Y yo, no deseo más que su libertad y verle maniatado me lastima. Quién pudiera soltar sus manos doloridas y maltrechas. Señor, sólo me dejaste la suerte de acompañarte mientras caminas.

 

DOMINGO DE RAMOS

JESÚS EN SU ENTRADA EN JERUSALÉN

Luce el sol y la mañana parece despertar cubierta de celestes y alegres ángeles. Hoy recorrerán las calles acompañando a Jesús triunfante, siempre bajo los ojos atentos y dulces de su madre. En su rostro, María Santísima del Amparo, asoma una tristeza casi imperceptible, como presintiendo lo que nadie presiente; lo que nadie como aquí decimos, echa en cuenta, a tenor de la alegría de los niños que adornados con las palmas y la música, rompen el aire apagado, de las estrechas calles y de los abiertos balcones.

Y Jesús restaurado o no, en la mañana, o como aquella vez en la tarde, mece su mirada perdida más allá de la gente. Él, se sabe en pocas horas abandonado, traicionado, negado…, desamparado al fin, hasta del amparo de su madre. Pero en esta mañana, a veces, parece verse en su rostro una sonrisa cálida. Sin duda, provocada por el tintineo alegre de las campanas de sus improvisados ángeles que de blanco y celeste, vitorean su nombre mientras avanzan.

Y como es Domingo de Ramos y todo es de estreno, hoy tenemos público de excepción; porque las nuevas o de nuevo madres, quieren también aclamar a Jesús, mostrándole a sus hijos, que con sorprendidos ojos aún no despiertos al mundo, parecen beber de un sorbo todo lo que les rodea. Hoy por primera vez , acompañan a Jesús desde sus carritos impecables; quizás intentando retener ese primer recuerdo para siempre. Hoy, tendrán cobijo en el regazo dulce de la Virgen del Amparo.

EL HUERTO

Y cuando cae el sol y la luz palidece, la algarabía se vuelve grave y profunda. En la tarde ya se oyeron los tambores que subían a Las Torres pero luego se hizo el silencio y en el aire, ya hay olores a incienso y romero.

Entonces, siempre recuerdo cuando casi dormida, mi madre me mantenía despierta; o quizás fuese al contrario, pero ella, me aseguraba que vendría pronto porque ya se oían los tambores. La oscuridad silenciosa de mi plaza se volvía luz, se teñía de roja, apasionada. De puntillas en la silla y con ojos muy abiertos, cada año acunaba en mi infantil memoria el mismo rito. –“… Sólo quiero mirarlo hasta que se vaya”-. Y pasaba bajo mi ventana  y verlo alejarse me llenaba de tristeza. Mi madre intentaba entonces que me fuera a la cama. – “No madre, yo aún le veo; va llegando a Trujillo y casi el cuerpo no me alcanza”-. Pero se alejan los tambores y se apagan las luces, y se duerme la plaza más aún que otras noches. Esperarle desde entonces, cada año, se me hace fácil.

– “¡Oh Señor! Tú, hombre y Dios que lloras y reinas en el Huerto de la agonía. Sufres, como yo; agonizas como yo; pero yo, no puedo consolarte. No soy nada, Padre, nada me destaca, pero si Tú quieres, siempre estaré para velarte”-.

Hoy en día, ya no baja el Huerto a la Plaza; pero no pierde la grandiosidad de su paso. Verlo bajar por la calle Calvario, o tomar la curva de la Veracruz, o acompañarlo hasta su ermita, allá en lo más alto del dolor; sigue ofreciéndome la oportunidad de velarle hasta desaparecer a la vista de mis ya no infantiles ojos, pero igual de vivos.

La primera vez que le dejé allí, en el Calvario, la emoción me hizo vulnerable y me dejó perdida.

¡Oh Señor! ya puedo tocarte.

Acaricio con mis ojos

Tu pie descalzo.

Me estremezco ante ti

Y te siento vivo.

¡Oh Señor! Puedo tocarte,

puedo sentirte,

puedo velarte.

Pero aún, Dios mío,

Soy tan poco,

Que sigo sin poder,

Consolarte.

 

TRAS EL DOMINGO

En los días que siguen, el pueblo se agita, se oyen por todas partes sonidos raros. Esos que en mi infancia no entendía pero me llevaban a la ventana una y otra vez, esperando.

Hay algo de este pueblo que los de otro, no conocen. Acostumbrados a los días claves de Nuestra Semana Mayor, pasan por alto escenas como los que somos de aquí, descubrimos en cualquier esquina y en cualquier momento.

TRASLADO DE LOS ESTUDIANTES

Si quieres sentir el dolor, la oscuridad y la soledad de una noche de primavera pintando de luz de velas el infinito. Vete al traslado del Cristo de los estudiantes. Camina con ellos bordeando las Torres y déjalo dormir allí tranquilo y sereno, como si nada en su Cruz fuera temido. O si tu vida no te lo permite, contémplalo desde la Viñuela, desde el Calvario o desde donde tus pasos te lleven.

Nada más hermoso y más sereno habrás visto nunca. Desde mi casa, la de ahora, sientes el viento frío en la cara, te estremeces pero no quieres que la fila acabe. Es el intento vano de ver siempre iluminado su paso.

Para que nos entiendas aún mejor, yo te diría y les diría a ustedes que del lunes al jueves, en las casas de este pueblo, nada es igual que el resto del año.

En la Plaza, mi plaza, siempre hay más gente cuando llegan estos días pero yo quiero contar el recuerdo perdido en el tiempo pero nunca olvidado de los comienzos cofrades de mi hermano Miguel.

Un día mi hermano decidió que ya era hora de participar. Lo de observar estaba bien pero… Aún cuenta con ojos de niño su primer día en la puerta del almacén de Dolores, en el antiguo Panteón de la Iglesia. Su donativo en la mano y allí seguramente, aunque él no recuerda sus caras, Pepe Díaz o Diego Trujillo o el Rubio del estanco, que estuvo desde siempre, intentaban controlar a la chiquillería nerviosa que se agolpaba en busca de su túnica.

Un almacén que se le antojaba oscuro, con cirios preparados a un lado, y un trono pequeñito en el suelo (el de la Soledad). Y llegó su turno, y del baúl le entregaron una túnica negra, un cíngulo y un antifaz blanco con su capirote de cartón. Y con todo ello, el alcanfor en el aire y el entusiasmo del niño que cumple un sueño, a correr a casa para empezar a dar la lata a mi madre.  Y entonces, en mi casa como en tantas del pueblo las túnicas lavadas dispuestas en perchas, adornan los dormitorios o más bien diría yo, los tapizan.

Llegó la hora de los dobladillos, las costuras y la plancha. No hay sitio para más. En mi familia, los colores nunca se aunaron, somos así, y esa es nuestra suerte, porque siempre los tuvimos todos. Y aunque debo reconocer que no nos rodeó nunca el mal deseo para el hermano del otro lado, también es cierto que a mi madre le tocaba la peor parte.

Porque a ver, hay que buscar: verde para el verde, negro para el negro, esa camisa blanca que yo nunca encontraba, y el sin fin de detalles maravillosos que debían acompañar a las  mantillas.!Ay, las mantillas!

De la casa de Lola Durán, a la mía, desfilaban guantes, broches y rosarios, en un intento desesperado por tenerlo todo a tiempo; pero, la vida es así, siempre a alguien le faltaba lo fundamental. Pero a la hora de la verdad, todas bien vestidas. Engalanadas con lo mejor y elegantes, como sólo la mujer española supo hacerlo desde siempre. Mantilla, madrina o manola; ¡qué más da! Son mujeres de nuestro pueblo, acompañando con su belleza, a la belleza.

La verdad es que en esos días de nuestra infancia, sentíamos que lo más importante en el mundo, eran cosas tales como que las mangas de la túnica estuvieran arregladas; y gracias a Dios, las madres, siempre las arreglaban.

Aunque entonces, casi no nos dábamos cuenta, durante las noches, la luna iba creciendo, tenía que reinar por encima de cualquier vela. Ella, también prepara su ropa. Se está vistiendo de gloria para acompañar a las cofradías del Jueves Santo de mi pueblo.

JUEVES SANTO

Al amanecer, la iglesia despierta con voces amables. Las flores se preparan en los almacenes y se colocan cuidadosamente con el rito perfecto del saber hacer de muchos años. Yo recuerdo con el mayor de los cariños, las mañanas en el almacén de la carpintería. ¡Qué revuelo! Mi madre se encargaba de llevarnos a todos a trabajar. Bueno, qué todos los trabajos fueran como ese. Yo siempre llegaba tarde pero nunca oí a nadie protestar por ello. Ni siquiera, cuando lo hacía casi a la hora del bocadillo, y tras comérmelo, salía corriendo a las Torres para ver cómo iban por allí. Y de allí a la Iglesia y de la Iglesia … en fin, que ya estaba todo el trabajo hecho. Gracias a Dios, mis hermanos siempre fueron más formales.

LAS BANDAS

Ya por la tarde y bien tempranito, por cierto; en tropel, entre gritos y con sonrisas que cruzan las entusiasmadas, infantiles o adultas caras, el pueblo se estremece. ¡Vienen los tambores! En la tarde del jueves, llegan las bandas. Siempre me sorprendió el que hubiera tiempo para estar en todas partes y siempre. Tampoco somos tantos, pero ahí estamos.

Y los músicos, perfectos soldados de la armonía, brindan su arte al pueblo que siempre los acoge con el mayor de los afectos. Casi con descortés temple, se atropellan unos a otros con sus marchas, con la única intención de regalarnos lo mejor que tienen, su arte. Y nosotros, correspondemos con lo mejor que tenemos, nuestra alegría, nuestro agradecimiento y nuestro corazón.

Después, debes apurarte, no te entretengas que se te hace tarde y el sol está cayendo.

SEÑOR DE LAS TORRES

Cuando aún hay bastante luz para ver su rostro hermoso y dolorido, pero la suficiente oscuridad como para alumbrar su gesto amargo con las velas, sale de las Torres, la amatista de la noche, el ramo de violetas más temprano del Jueves.

Va delante el paso firme de su escolta blanca y verde, que golpea el suelo con su marcial y acompasado, desfile perfecto. Las gentes, se aplastan contra las paredes, puertas y rejas, en el deseo inútil de robar una ronca nota de tambor, un golpe de palillo, un solo de corneta.

Y Él, baila por encima de todos con su túnica morada. Nos mira con su dulce languidez; maltrecho, maltratado, torturado. Es el Rey que guiado por dos ángeles, baja el Barranco despacito. No hay prisa; sus hijos van con Él y la luna lo mece.

Y cuando llega a la Plaza, el corazón de su pueblo, estalla.

En la iglesia, todo está preparado. Los responsables de Dolores y de San Juan (como aquí les llamamos), tienen cada cosa en su lugar. Repartieron: trabajo, cetros, estandartes… pero ¿Dónde está la gente? ¿Qué pasó con esos nazarenos que casi formados, estaban esperando? No busques en ningún sitio, no hay nadie. Porque corriendo, a hurtadillas y como en un impulso imposible, se fueron todos a la Plaza.  Ellos, también quieren ver la entrada de Jesús a ritmo de bolero.

Entre vítores, aplausos y música, se puede oír el silencio de las lágrimas.

   – “Un año más para aclamarle; para desear no faltar nunca y dormir entre sus flores; para pedirle que nos deje cargar su cruz y nos ate a su cíngulo dorado. Un año más para poder llorar, su llanto”-.

LOS ESTUDIANTES

Con el dulce amargo de su cruz entrando en la calle Benito Suárez, baten el aire de la calle Ancha, las antorchas del futuro. Ya vienen abriendo paso los estudiantes.

Hermosa juventud portando la agonía en sus hombros. Un monte de claveles, de lirios, de muerte. Arriba, el salvador que se estremece en su cruz y acaba su sufrimiento; abajo, sus hijos más tiernos, los que aún casi no saben de tristezas, pero portan la muerte con el valor que sólo da la vida que comienza.

SAN JUAN

De pronto, cuando aún no expira el dolor de nuestro Cristo, se confunde la música y vuelan por el aire las notas de las gaitas. Va a cruzar la puerta de la iglesia, la imagen de una Madre que busca a su hijo. Hoy, la veremos por última vez, acompañada.

Juan, señala el camino a su madre, y María Santísima del Amor, lentamente camina hacia la nada. No lo alcanza y no puede abrazarlo. No hay consuelo para una madre desesperada.

El verde y rojo de sus hijos, ya avanza por la calle. Quedó atrás la desazón de tanto trabajo. Por ver sus tallas y su trono, forjado a base de sudor y de lágrimas, todos sus hermanos olvidan, hasta el olvido.

Cuántas veces lloraron a sus pies, los que tanto trabajaron. Pero lo dicho, y no creo que necesite decirse mucho más. El Jueves Santo, María Santísima del Amor y San Juan Evangelista, pasearán su belleza y valentía por las calles del pueblo; y sólo por verlos, me repito, sus hermanos olvidarán hasta el olvido.

Juan, mima con palabras dulces a su madre. Qué diferente imagen la que veo ahora, a la que sentí antes. En esos días cuando la talla del evangelista, dormida y triste, pasaba las horas, los días… la vida, en la ermita de la Virgen de Flores. Ya entiendo su estampa grave y malhumorada; ya comprendo la soledad que le hacía temido, por mí y por cualquiera de mis compañeras cuando al anochecer, cambiábamos las velas a la Virgen. Él sólo esperaba poder acompañar a su Madre, y su mirada desolada, no era más que una súplica que no llegábamos a entender. Pero esta noche, como ya hace muchas, en sus ojos no hay soledad; y en nuestro corazón, el miedo pasó a ser el más cálido de los sentimientos. Juan, camina con María Santísima del Amor. No hay nada que temer porque ellos, no caminarán solos, nunca más.

DOLORES

Y tras lo dulce de la imagen de una madre con su hijo, no pierdas amigo, ni un detalle de lo que falta. Entre voces de admiración, bajo la atenta mirada de su pueblo, y con la dulzura que sus hijos ponen en sacarla; cruza el umbral de la puerta Dolores Coronada. Bajo Palio y ni a un centímetro de las paredes que la aprisionan como no queriendo dejarla marchar, la Reina del puñal más amargo, aparece hermosa y engalanada como solo ella sabe hacerlo.

Tranquila, serena, acompasada. Ni en su dolor más negro, pierde su perfecta elegancia.

De una esquina de la Plaza a la puerta de la Iglesia, correr para ver su salida se nos hace imprescindible. Avanza lentamente con porte de Señora. ¿Qué digo de Señora? ¡De reina!

Una paloma está llorando.

Recorre su mejilla

Una lágrima de agua… salada.

En sus ojos entreabiertos

Aparece el surco de la pena.

Va su hijo delante, y no le alcanza;

Va su hijo a la muerte

Y entre marcha y marcha,

Resuena un grito en el viento

Que parece llamarla.

Una paloma está llorando

Y no hay quien enjugue

Su lágrima de agua… salada.

VIERNES SANTO

“LA DESPEDÍA”

Cofrades del viernes, hay que levantarse tocan a diana  y lo de menos, es dormir. El pueblo se vistió de marcha militar, de legionarios y paracaidistas, de voces de  invitados. En mi pueblo, amigo, amigos, nadie es de fuera. Y si la fila de coches llega al Arroyo Hondo, como si quiere dar la vuelta por el San José. Aquí estamos para dejar el mejor balcón a quien nunca ha estado. Los más jóvenes, ya estaban en la calle antes de la cuenta. Mi hermano, lo más seguro es que hubiera pasado la noche velando a la mañana. Mi madre, como todas las de la plaza, y diría yo, las de todo Álora, tienen preparado hasta el más mínimo detalle. Entiéndanme, hay gente que sólo viene a verte una vez al año.

Jesús y Dolores, pasean su grandeza por el pueblo. Más ligeros de peso, tal vez, pero igual de adorados, mecidos y acompañados.

En ese último deseo de su pueblo, porque no pase el tiempo y no se separen,  avanzan tres pasos y retroceden cuatro.

No puedo decir lo que se siente cuando, en el centro de la plaza, a una señal, los hombres de trono se arrodillan y levantan, como lanzando al cielo el amor que portan en sus hombros. Pero si lo vives una vez, ya no puedes olvidarlo. Ganar, lo que se dice ganar, no gana nadie. Perdonad, quería decir que ganó el amor con que sus hombres, dan por bien hecho lo que con amor se hace.

Y Jesús a marcha ligera, se contonea mientras avanza; y Dolores, con aire de lo que es, Señora, le sigue suavemente. Y al llegar a la entrada de la calle Ancha, sus hermanos se funden en el abrazo mas dulce; ese que les da el valor para dejar que él se vaya, y que ella le despida llorando.

La escolta verde y blanca de Jesús, esa que lleva adorándolo cincuenta años, toma como suyo porque también lo es, a Jesús que vuelve a su casa. Llega a las Torres, casi sin flores y si su pueblo pudiera, casi sin él. Otro intento más de sus hijos de dar tres pasos, y  si Él nos dejara, retroceder cuatro.

Dolores, aún sigue en la plaza, intentando retener la imagen de su hijo marchando hacia el cielo. Entra en su casa despacio y entre gritos. Esos que siguen pidiéndole : “María, Dolores…  Madre Hermosa, ¡Guapa! haz que quien me mire te vea”.

Ya pasó todo,  mi plaza queda revuelta y desolada. Ya no suenan tambores. Amigos, en el pueblo, se nos ha hecho el silencio.

_______________________

Yo te diría, les diría, que es hora de ir a la iglesia. Si entras por la puerta de la calle atrás, la encontrarás oscura, silenciosa. El olor de las flores, es lo único que se respira en el aire.

Al fondo, en la puerta del Baptisterio, permanece el trono de San Juan que sigue acompañando a su Madre; a su lado, el Cristo de los Estudiantes. Justo en frente, La Virgen de los Dolores; y a la izquierda (según se mire), un trono pequeñito y vacío, que mira hacia Jesús que yace sereno, acunado por el silencio; el de la Soledad.

Llega el momento de “transformar”. Muy pocos, tienen la oportunidad de percibir el cariño, el respeto y la devoción que los Hermanos de Dolores, ponen al vestir a su Madre de luto. Pero te aseguro que los que lo hacen, comprenden que  éste, es un acto más de  la celebración de la Pasión de Jesús. Su Madre, como todas las madres que ven a su hijo postrado en el lecho de muerte, sola y sin consuelo, paseará su dolor en la noche más amarga, vestida de negro.

Hoy en mi iglesia, sólo ves eso y por supuesto, el murmullo más suave de los que de rodillas, y sin aliento por la pena, rezan en el altar de al lado de la sacristía; ese que como todos saben, mantiene lo más preciado.

PIEDAD

A la caída de la tarde, la Veracruz abre sus puertas al dolor. María, coge a su hijo en su regazo. Parece mecerlo como tantas veces lo hizo, pero su hijo, ya no sonríe.

Es entonces cuando al verla pasar, las entrañas se estremecen. ¿Quién puede arrancar tanto sufrimiento? Mírala como la vemos nosotros e intenta imaginar, qué dolor puede ser más grande, y no encontrarás ninguno.

Piedad es tu nombre

Y no la tienen contigo.

Piedad abrazada a su cuerpo

Atormentado, escarnecido.

La cruz de tus espaldas

Te aplasta el corazón,

Y deseas mil veces

Haber sido tú crucificada.

Piedad, Señor,

Que cayó la noche

Y ya no tengo lágrimas.

Y  esta madre sin consuelo,

Sigue abrazando a su hijo.

Que es tu nombre, Piedad;

Esa, que no tuvieron contigo.

LAS ÁNIMAS

También en otro tiempo, cuando el tiempo no contaba, viví estos días de diferente manera. Eran años de mi juventud, esos que recuerdo tanto que me empeño en contar porque son para contar. La noche estaba tranquila. En el salón de mi casa, oí la voz de mi abuela. Sé  que hoy, deberá estar escuchándome desde el cielo; la Virgen de la Ánimas, la llevó allí porque no podía hacerlo de otra manera. Mi abuela, como les digo decía : Miguel, ¡en la calle hay una Virgen!. Yo que estaba en mi cuarto porque aún no era la hora de salir, abrí la ventana (una vez más, la ventana).

Y allí estaba, sola, quietecita en su pequeño trono y sin más compañía que la noche. Un murmullo de hombres que recorría la calle, una vela perdida que se afanaba en alumbrar el infinito. Y Ella, tan hermosa, tan sola, tan… sin nada. Pon, amigo, ahora en este momento, esa imagen en tu mente. Yo era muy joven, cómo decirte, como para no olvidarla. La luz de su cara, casi a la altura de mis ojos, la calle desierta, sin un alma, esa sensación de abandono… no les sorprenda su nombre, Ella es la “Abandoná”.

Y paseó por el pueblo, y volvió a las Torres; pero nunca más lo hizo sola. Cuando quieras perder tu mirada en la fila de penitentes más larga que puedas imaginar, ven a verla el Viernes Santo. Lleva en los que la acompañan, las promesas que nunca dejaron de hacerse, las que no olvidas y cumples aunque tras subir la calle Ancha, a la vuelta, no te queden casi fuerzas para acabar el recorrido.

A María la dejaron sola.

No había quien la portara.

Llegó hasta la plaza

Y al mirar al frente,

Vio que nadie la esperaba.

No sufras Madre mía

Que tu pueblo que te aclama,

Llenará de luces las calles

Y te acompañará, mientras andas.

Que un día estuviste sola,

Cuando llegaste a la Plaza.

Y tus hijos no lo olvidan

Ni dejarán que tus lágrimas,

Nublen tus hermosos ojos

Al llegar a la Plaza.

Madre mía, de las Ánimas

Tú, por siempre serás,

La señora del Barranco

Pero nunca más, “la abandoná”.

EL ENTIERRO

Pasa lentamente el Entierro más oscuro, ese que en el silencio de la noche, sólo el tambor anuncia.

Un cuerpo torturado, recorre su pueblo en el adiós más triste. No hay luz por las calles, y con el respeto más grande del mundo, a su Paso y por donde pase, las ventanas se oscurecen y el sonido se apaga.

Y si los penitentes nunca tuvieron género, les aseguro que en este entierro, abunda el masculino.

Mi padre, cuando era joven, siempre lo acompañaba; luego, cuando él aún podía, no dejaba pasar ni un viernes, sin ir a verlo salir; y aunque ahora, son otros tiempos, nos dejó a sus hijos la herencia (entre tantas otras, tan buenas) de saber amar y respetar el silencio del pueblo que despide a su Señor, en el Entierro más oscuro.

LA SOLEDAD

A media noche, ya no queda nada de la luz ni de la esperanza; sólo una madre que dejó a su hijo en el Sepulcro y que, sola, recorre las calles buscando consuelo.

-“¡Soledad, azabache sobre azabache y silencio en el silencio! Que una madre, La Madre, desgarra sus hermosos ojos; y portando en sus manos las espinas del mundo, nos libera del dolor, cargándolos Ella”-.

Ya se apagó la luz, ya se cerró la noche, ya se acabó la vida.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

EL RESUCITADO

 

Pero Él lo prometió y por eso el domingo, amanece de nuevo soleado.

Los ángeles blancos y celestes de hace sólo siete días, multiplican sus colores.

Vuelven  a resonar la campanillas en sus manos, y con sus alegres risas, portan estandartes de todo lo vivido.

Hoy, acompañan a Jesús Resucitado; que más que mecido, es bailado a ritmo de marcha festiva, de Campanilleros. Ahora es sólo él el que ilumina las calles con paso.

Su túnica blanca se balancea, y asoma en todos nosotros una sonrisa de amor. El que Él nos regala con su Muerte y su Resurrección.

Amigos, sonriamos porque es primavera; porque tapizan los campos las mimosas, y los lirios y las calas, pondrán color a nuestros sentimientos.

Volvámonos pasión y hagámonos agua; porque en cualquier ventana, hay un niño reteniendo el aroma de estos días para, quizás mañana, pregonar como lo hago yo hoy:

¡Que este pueblo se está vistiendo de colores;

que da igual si de blanco, negro,

morado, verde o grana;

Que aquí, solo somos corazón

Y en todo, ponemos el alma;

Que hoy en mi pueblo, amigo,

En nuestro pueblo, amigos,

Ya es, Semana Santa!

Gracias.

 

 

 

 

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