5 diciembre, 2021
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XXII Pregón de la Semana Santa de Álora (2008)

7PREGÓN 2008

Pronunciado por Don Antonio Jesús Hidalgo Pérez el viernes 7 de marzo de 2008 y coordinado por la Venerable Hermandad de Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto,  María Santísima de la Paz y Santo Vía crucis del Monte Calvario.

 

A la memoria de mi padre.

Y a mi madre,  que me dieron el don de la vida y de la fe.

 A mi esposa, a mis hijas y a mi hijo,  ellos son mi fortaleza  y mi aliento.

 Y dan sentido a mi vida.

 Esta Noche me gustaría  que mis palabras pudieran llegar a los que no conocen nuestra Semana Santa; a los que ignoran el sentimiento profundo que cruza Álora desde la algarabía ilusionada de la Pollinica, al dolor y a la muerte, al triunfo de la Resurrección; a los que no han podido disfrutar de su embrujo; a los que no saben por qué nos embelesa tanto El Huerto en ese momento de la noche en que baja su Calvario; a los que nunca han oído las bambalinas de Dolores Coronada resonando contra las blancas paredes de la calle de Atrás; a los que no han podido deleitarse, con el corazón estrujado, ante la visión de Jesús Nazareno y el Cristo de los Estudiantes por la calle Ancha; o con San Juan y la Virgen del Amor saliendo de su templo.

 Quisiera hacer llegar mi voz a los que no se han sobrecogido viendo a una Mujer con su Hijo en brazos, muerto por amor, cruzar las calles cansadas del alboroto.

 Quisiera estremecer  con mis palabras a los que nunca han temblado en un mundo de silencio  cuando una Cruz Guía, seguida de una estela de cirios, anuncia el cortejo mortuorio del Viernes Santos; a los que nunca han percibido cómo se diluye una procesión  cuando la banda nos deja atrás,  y nos quedamos con la mirada clavada en un olivo, una cruz, una corona, un manto o unos candelabros de cola.

 Y me dirijo, cómo no, a los que todos los años nos vemos en la misma calle, en la misma esquina, en la misma plaza, viendo las mismas procesiones.

 Quiero, como cofrade vestido de pregonero, hablar a mi pueblo, del que he aprendido más de sus silencios que de sus clamores.

 Quiero hablaros a vosotros, que contáis los años por Domingos de Ramos o Jueves Santo; a vosotros, que de niños tachabais los días del almanaque para saber cuántos faltaban para la Semana Santa;  a vosotros, que sólo habéis necesitado un tablero con cuatro velas de cumpleaños encendidas, lápices forrados de papel de plata como varales, y el acompañamiento de una lata como tambor, para convertir el pasillo de  vuestra casa en La “Fuentarriba”;  a vosotros, que todavía reserváis la última mirada  del día para la medalla que cuelga del cabecero de vuestra cama;  a vosotros, que albergáis los mismos anhelos e ilusiones de los años de la adolescencia;  a vosotros, que con vuestro esfuerzo y trabajo, quitándole tiempo a la familia, al descanso, al tiempo libre, hacéis posible que los Sagrados Titulares salgan a la veneración popular.

 Quiero hablaros de lo que he aprendido sobre la Semana Santa aloreña. Y he aprendido que el sentimiento cofrade sólo se transmite con miradas y con manos que se apoyan sobre hombros amigos. He aprendido que algunas palabras sólo sirven para que se pierdan en ellas quienes no saben oír los silencios y se oculten quienes no saben ver lo invisible. Y he aprendido que lo verdaderamente importante es la Semana Santa, donde se resguarda la Verdad bajo su cuerpo barroco, bajo filas de misterios, bajo túnicas de perdón o bajo plegarias de amor.

 Quiero anunciaros el tiempo de la muerte breve y de la vida eterna, de los corazones traspasados por puñales, de las manos atravesadas por clavos, de las sienes oprimidas por coronas de espinas.

 Quiero manifestar mis vivencias: Recuerdos de un niño, que de los brazos de su madre primero y de la mano de su padre después, empezó a conocer la Semana Santa de Álora. 

 Aún recuerdo cuando acompañaba a mi padre en todos los preparativos del Domingo de Ramos en mi Cofradía del Huerto; recuerdo la triste noche del Jueves Santos sin desfile procesional; recuerdo la sobriedad de la noche del viernes santo, con la Soledad por las calles oscuras envuelta en un redoble único de tambor;  recuerdo el silencio y el respeto ante un Cristo Muerto; recuerdo aquellas tardes en las que mi padre me contaba y me hacía soñar con la Semana Santa.

 Imágenes de mi infancia, de momentos, de películas grabadas en la memoria, que evocamos cuando menos lo esperamos, nos hacen viajar al pasado y nos llevan a un presente que fue y ya no es.

 Trataré de describir, nada más y nada menos, que la celebración de más arraigo en nuestro pueblo; y además, hacerlo aquí, rodeado de tantos paisanos y amigos, es una gran responsabilidad y un alto honor, pero también un atrevimiento, al venir hasta aquí para cantar y pregonar lo que, sin duda alguna, todos y cada uno de ustedes sabéis, conocéis y sentís  como este pregonero.

 Procuraré dar vida a las palabras y palabras a los sentimientos; proclamar la verdad de una historia y hacer historia de la Verdad.  Y todo aquí en la tierra que me vio nacer.

 Vengo a anunciaros lo que para nosotros es lo mas apasionante, lo mas querido,  lo mas sagrado: nuestra Semana Santa. La que no sólo es para los elegidos, sino para todos quienes se acerquen a ella con el corazón dispuesto. La que es armonía por encima de toda discrepancia, la que es absolutamente santa y absolutamente humana, la que es historia de la ciudad y memoria de lo nuestro.

 Observen el silencio en el ruido, la oscuridad en la luz, la fragancia en los olores, y descubrirán el amor, la esperanza, la devoción y la fe de un pueblo que expresa sus sentimientos como sabe. Ni mejor ni peor, sino diferente. Ser cofrade es la expresión renovada de un sentimiento antiguo, que revive cada año en cada iglesia, en cada hermandad, en cada hogar, en cada familia, en cada corazón hermano.

 Permitidme ser también en este pregón un  portavoz ilusionado de las jóvenes generaciones cofrades, que quieren seguir escribiendo nuevos capítulos de nuestra Semana Mayor

 Esta noche, también alzo mi voz por aquellos a quienes la vida no ha querido que hoy se encuentren entre nosotros, pero estoy seguro que el Cielo les mantiene la gracia de seguir siendo cofrades y nazarenos en Álora. Que este pregón sea un homenaje a todos ellos.

 A todos vosotros, os pido que me acompañéis como peregrino que recorre esta ciudad en sus esquinas, callejones y plazas. 

 Sed testigos de lo que, como cada año, tiene que ocurrir. 

  

Rvdo. Párroco y Sr. Vicario.

Dignísimas Autoridades;

Sres. Hermanos Mayores y Representantes de la Archicofradía, Cofradías y Hermandades de Pasión y Gloria;

Amigos todos;

Señoras, Señores.

 A mi Cofradía de Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto, María Santísima de la Paz y Santo Vía Crucis, mi profundo agradecimiento por el honor, dignidad y responsabilidad que me concede de pregonar nuestra Semana Santa.

 A ti Luisa, gracias por estas cariñosas palabras. Gracias desde lo más hondo de mi corazón por tu amistad y magnífica presentación sobrepasando, a veces, los límites de la imparcialidad. Has presentado al hombre que me gustaría ser y posiblemente algún día lo consiga. Gracias.

 

  

LA ANTESALA DE LO ETERNO.

 Ya ha transcurrido un año desde que le echamos un pulso a la realidad,  y otra vez, casi sin tiempo para más,  entramos en la antesala de lo eterno.

 Las tardes ya no son oscuras, ni frías ni húmedas. Alguna mañana hemos pasado sin darnos cuenta bajo un naranjo y hemos sabido, con toda certeza, que el tiempo de lo auténtico ha llegado. Y hemos recordado aquellas calles que habíamos vivido en un sueño de siete noches de primavera.

 Atrás ha quedado un año, con los mismos esfuerzos, alegrías y penas de siempre. Pertenecen al mundo de lo real, el de los sentidos es otro que hoy empieza.

 ¡Dejadlo pasar! ¡Despertad vuestras sensibilidades! ¡ Abandonad las angustias de todo el año! ¡Abrid los corazones y llenaos de ciudad!  ¡Disponeos a disfrutar del gozo de la Verdad, porque hoy es Viernes  de Pregón!

 Y pregonar es cantar, y cantar es vivir, y vivir es sentir. Y cantar, vivir y sentir en Álora, en su Semana Mayor, es hacer las cosas de la Álora transformada en escenario, en marco, en sustento y en cauce único para todo un río de sensaciones y sentimientos. Es hacer lo que nos gusta, sin imitaciones de ninguna clase, con la alegría que caracteriza a esta Ciudad, porque sabemos que aunque Jesús será crucificado, al tercer día resucitará,  y ese es el fundamento y el sentido de nuestras creencias y de nuestra fe.

 No somos único ni originales en la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús; pero sí somos peculiares en la manera de entender éste magno acontecimiento. Nuestras maneras no son producto de la casualidad, ni del gusto de algunos; nuestra Semana Santa es fruto de una historia labrada a golpe de fe y trabajada a golpe de tradiciones que la dotan de una personalidad propia:

 ¡Álora en Semana Santa es bullicio, amor, fe y victoria!

 

 ¡ALÉGRATE ÁLORA, QUE VIENE TU REY!

 El Domingo de Ramos es un día de palmas y alegre bienvenida, de gozo colectivo, porque Jesús entra en nuestra ciudad que le acoge con júbilo y expectante,  con una alegría contagiosa, radiante y nueva,  con una alegría inusitada,  porque no sólo se rememora la entrada de Jesús en Jerusalén, sino porque a lomos de “La Pollinica” comienza la Semana Santa.

 ¡Alégrate Álora, que viene tu Rey!  Se acerca el tiempo en que Dios vendrá hasta ti para hacerse carne de tu carne. Lo verás llegar entre palmas y olivos, montando una borriquita, para anunciarte que la ciudad volverá  a ser excepcional testigo, una primavera más, de la Buena Nueva de nuestra propia salvación.

 ¡Álora, no estás soñando! ¡ Has oído bien! Son marchas procesionales las que llegan hasta tus sentidos para despertarte de ese letargo en el que has vivido durante todo un año.

 ¡Álora, no sueñas! Oyes la oración más profunda en forma de música, que es como a ti te gusta rezar, para consolar entre susurros a la Virgen del Amparo que cada Domingo de Ramos recorre las calles junto  a su Hijo triunfante.

 Jesús en la borriquita, de mirada serena y profunda, de rostro apacible y tranquilo. No tiene heridas ni sangre, ni espina en su rostro. No tiene que mostrar dolor ni sufrimiento, que de dolor Él no presume.

 Vítores, clamores. Miles de hojas, y en cada hoja un sentimiento, una emoción.  

 ¡Olivos y palmas al Hombre, al Rey,  a Dios!

 

 ¡SEÑOR, ESTA NOCHE NO ESTARÁS SOLO!

 Y llegó la noche. Una noche triste y sigilosa. Bajo la luz de la luna llena, saturada de secretos e infamias, los olivos se impregnan del silencio de la oscuridad. Ha llegado la hora de la agonía y la angustia.

 Allí, en el Huerto de Getsemaní, un Hombre sumido en la oración, adivina las horas terriblemente amargas que le esperan: prisión, desprecio, tortura, sufrimiento infinito y muerte tan cierta como espantosa. Un panorama que todo el mundo desearía apartar de sí: “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

 La aflicción aumenta, la angustia se convierte en agonía y se acelera el movimiento del corazón.  La sangre se agolpa en las venas, hasta que al fin, prolongándose aquella lucha entre el horror y la aceptación, el amor y el dolor, la humillación y el miedo, rompe la sangre por todos los poros de su cuerpo y, como gotas de sudor, caen en tierra como una pequeña ofrenda de la carne sometida.

 Y por cada gota de sangre, derramada en la tierra de los olivos, florece un Reino nuevo, un Reino distinto. Y por cada gota de sangre y miedo: un canto de libertad.

 Domingo de desesperación en el Huerto de los Olivos:  Jesús, que sufre por cumplir la Voluntad del Padre, abatido y arrodillado en doloroso trance,  a la sombra nocturna de un olivo, busca con su mirada en el cielo y con sus manos abiertas una solución consumada.

 Jesús recibe el cáliz de la amargura de manos del ángel  enviado para calmar su soledad.

 Mientras, los discípulos se entregan, uno a la gran traición de venderle; los otros, a la traición de negarle.

 ¡Pero esta noche, Señor, no estarás sólo! Porque Tú eres del Calvario, donde comienza y termina la Pasión en este pueblo.

 ¡ Nos convertiremos en catedral para vivir en plenitud el misterio que atormentó tu alma en aquella trágica hora! ¡ Construiremos bóvedas góticas  para hacer de esta noche la más hermosa y resplandeciente! ¡ Pondremos en tu trono rojos claveles de amor goteados de nostalgia, de sangre y de ausencia ardiente, plasmada en lágrimas!  

 Contigo bajaremos por este enclave cofradiero y recorreremos calles y plazas para escuchar tus palabras, mientras el peso de tu trono se asienta en nuestros hombros de amor sincero.

 ¡ Meceremos tu trono a los vientos de cornetas para aliviar tu dolor y sufrimiento! ¡ Alumbraremos con cirios tu recorrido para que lo pisen tus nazarenos de rojo y blanco,  y podamos mirar tus ojos, tus manos y tu gesto!

 Estimularemos las esperanzas porque te necesitamos, igual que necesitamos la amistad, el amor, el calor de un abrazo, la caricia de un beso, la humedad de una lágrima, la luz de una mirada o la sombra de un recuerdo.

 ¡No, esta noche no estarás solo!  Porque todos hemos sentido el abrazo de la soledad en algún momento, abrazos tristes por la huella profunda que dejan en el cuerpo y en el alma.

 Esta noche no dormiremos ajenos a la tragedia, no cerraremos los ojos para soñar con un Mesías triunfador y guerrero, de trono y justicia, de escudo y  espada, de leyes y normas.

 ¡No, esta noche no estarás sólo! Al balcón del cielo se asomarán tus hijos: Juan, Cristóbal, Andrés, Paco, Antonio, María y ¿ Cuántos más…?  

 Hoy se nos encoge el alma por Paco Vergara y Paqui Casermeiro.

 ¡Cómo duele la muerte de un amigo!  Duele tanto la ausencia que ni las lágrimas consiguen calmarla.  Voces rotas de lamentos por la pérdida de un esposo, de un padre, de un hermano, por la ausencia de un amigo.

 Voces rotas, roncas, llamadas al infinito y además, el sentimiento cruel, doloroso, desgarrado por la pérdida de una esposa, de una madre, de una hermana, por la ausencia de una amiga.

 ¡A ellos le dejarán el mejor sitio para que no se pierdan detalles!

 Desde este balcón del cielo nos mirarán y protegerán en nuestro recorrido. No quitarán ojo al paso armonioso con mecida detenida, para conseguir avanzar en la estrechez de las calles con la emoción, el dolor, el compañerismo, los nervios y el sentimiento que siempre han caracterizado a nuestros hombres de trono. 

 Desde esta tribuna vigilarán los pasos que damos por las calles. Recogerán luceros para tirarlos a la Tierra y alumbrar la noche. Acompañarán a los hombres de trono, y  sus piernas serán sus pasos,  sus suspiros serán su aliento,   su amor será corazón que late en sus pechos,  su fe será alma del mismo cielo.

 ¡No, Señor, esta noche no estarás solo!

 Y cuando exhaustos regresemos a tu capilla, nos resistiremos a dejarte, estaremos contigo, como siempre, para orar por los difuntos y rendirles el homenaje de nuestro reconocimiento y gratitud. Porfiaremos para conseguir, como recuerdo postrero, alguno de los rojos claveles que cubrieron tu trono.

 Cuando todo haya terminado, entraré en la capilla desierta para despedirme largamente de tu abrazo. Y, como cada año, tendré presente que en la soledad nocturna del Huerto se han reconciliado, ya para siempre, la redención y el martirio.

  

LUZ CELESTIAL Y HUMANA CRUCIFICADA

 El Vía-Crucis del Miércoles Santo es el día del silencio, del silencio que reza y canta por las calles oscuras de nuestro pueblo.

 Apagadas todas las luces, la noche se hace luz, luz celestial y humana crucificada. Noche de recogimiento, de oraciones, de esperanzas. De esperanza y de desolación.

 No queda más que un Crucificado, tres hombros para sostener su peso y una larga hilera de creyentes con velas encendidas, para reavivar en la mente y en el corazón los momentos supremos de la entrega de Cristo por nuestra redención, para recordar y revivir los acontecimientos de la última etapa del camino terrenal del Hijo de Dios.

 ¡ Cuando Te llevo sobre mi hombro,  siento tu rostro,  toco tus manos,  y en voz baja, Te hablo, Te cuento mis dificultades, mis anhelos, y en la paz del silencio inicio el Camino de tu Cruz !

 Queremos participar,  tener parte en tu cruz,  y reconocer, a la luz de tu amor, nuestra propia cruz.

 Queremos cargarla sobre nuestras espaldas porque es el estandarte de nuestra victoria.

 Y, movidos cada vez más por tu amor, caminar.  Caminar a través de la vida… 

 ¡Cuántos años, Señor, llevándote sobre mi hombro! ¡Cuántos años sintiendo el peso del dolor de tu cruz! ¡Cuántos momentos hemos compartido juntos,  sólo Tú y yo, Señor!

  

TÚNICAS NEGRAS, MORADAS Y VERDES

 ¿Quién de nosotros no recuerda un día de Jueves Santo de aires surcados por marchas procesionales,  o la imagen generosa de una luna de clara luz de plata?

 ¿Quién no se acuerda de alguna lluvia de la virginal primavera, mojando nuestros labios, que rezaban vehementes para que dejara de llover?

 ¿Quién no ha revivido en la nostalgia el dulce sonar de unos tiernos susurros  o el fuego profundo de su propia respiración mirando a su Cristo o a su Virgen?

 En la explanada de las Torres, la tenue luz del sol cae sobre los muros de piedra que guardan el dolor en finas lozas blancas, anudadas al recuerdo de nuestros seres queridos.

 Al caer de la tarde, cuando se duermen las flores y  poco a poco asoma la luna, se perfilan los volúmenes de los espléndidos tronos que se disponen a iniciar su desfile, enmarcando los cuerpos y los rostros de las imágenes.

 En un lado, el Nazareno de la Torres, que lleva a Álora en su delicada mirada, en la cruz que se le hinca, en el mechón que le resbala por la mejilla, en las espinas doradas de humillación que traspasan sus sienes,  en la que le hiere su frente, en su boca jadeante,  en las manos que acarician la Cruz hecha del dolor de los que sufren, de las víctimas del asfalto,  del terrorismo cruel, de las jeringuillas de heroína,  de la violencia doméstica,  de los niños abandonados,  de las soledades del final de la vida, de las chabolas que siguen existiendo, de los que buscan la tierra prometida y encuentran su tumba en el mar,  de las vidas que se truncan antes de nacer.

 ¡ Dime, Señor!  ¿Cuánto pesa la cruz que llevas sobre tus hombros? ¿Y la que llevas en el alma?

 En el otro lado, aguarda clavado en un leño de amor glorificado el Cristo de los Estudiantes. Parece estar dormido.  

 ¿Había que martirizar cada parte de su cuerpo?   Los azotes, las espinas, los clavos y las humillaciones.  ¿Y Tú eres rey?  Le había preguntado Pilatos.  Sí,  Rey no por la espada, sino por la humillación. Rey de mártires, de confesores, de vírgenes de los mejores hombres y mujeres que han existido. Rey de los afligidos, de los que padecen, de los infames, de los corrompidos. Rey de las espinas, de la Misericordia.  El Rey del Perdón.

 

 Conforme va pasando el tiempo y se acerca la hora de la salida de los tronos de la Parroquia, es mayor la multitud que se acumula en la Plaza, de forma que el movimiento entre el gentío es más complicado.

 Todo está preparado para comenzar el desfile procesional.

 Pero esta noche nos embriaga la tristeza por las ausencias de Ana María Calderón y Diego Mamely. Ausencias,  ausencias de vida, pero no de olvido, no de amores, no de añoranzas ni de recuerdos. Hoy se desangran el verde y el negro de las túnicas porque os habéis marchado,  y   con vuestra partida habéis dejado cicatrices que continúan sangrando y duelen

 Seguro que esta noche os uniréis a vuestros hermanos para efectuar los últimos arreglos antes de la salida  y acompañar  en vuestro sitio de siempre a vuestros Sagrados Titulares.

 Por entre la puerta entreabiertas de la parroquia apenas se ven los tronos.   A medida que se va abriendo, el gentío que aguarda en la plaza se acerca impaciente.  Por fin, la gran puerta se abre y se dulcifica la noche.

 Poco a poco, con estudiada lentitud, sale a la plaza el trono tallado en madera con las dos imágenes: San Juan, El “Hijo del Trueno”, el que en la Última Cena tuvo el honor de recostar su cabeza sobre el corazón de Cristo,  el discípulo más amado por Jesús, el único de los apóstoles que estuvo presente en el Calvario.  Y allí se dirige, indicándole el camino a la Virgen, a su lado en el trono.

 De Él recibió en sus últimos momentos el más precioso de los regalos. Cristo le encomendó que se encargara de cuidar a su Madre, como si fuera su propia madre, diciéndole: «He ahí a tu madre». Y diciendo a María: «He ahí a tu hijo». Y María lo aceptó.  ¡ Cómo no iba hacerlo,  Ella, que es el Amor!  La Virgen del Amor,  que nos reúne bajo su manto en este Jueves Santo, que personifica la mayor sublimación del Amor,  que representa con amargura y ternura a todas las madres de este mundo, que asumió su destino difícil y trágico, que lo dio todo por amor, al igual que nuestras madres, que sufrieron y lloraron con nuestras penas y se alegraron con nuestras alegrías,  que nos enseñaron a rezar y a dar nuestros primeros pasos,  que secaron nuestras lágrimas y nos demostraron cuál es el verdadero amor.

 El Discípulo le habla pero Ella no le escucha, está demasiado pendiente de seguir los pasos de su Hijo.

 Mientras la multitud estalla en gritos y aplausos recibiendo a esta cofradía,  mientras el himno interpretado por su banda esparce su melodía al viento,  mientras todos los presentes se entusiasman con el comienzo del desfile procesional:

 En el interior de la Parroquia, la Virgen de los Dolores,  la  Madre del dolor,  del dolor mortal de los dolores, está ansiosa por encontrarse con su Hijo. No quiere que se le haga tarde. Le urge verlo ¿Qué haríais vosotras, madres, en semejante trance? Su corazón está traspasado por un puñal. Lo que una madre tiene que pasar, a veces, por su hijo.

 

Nada puede contener el Amor entre esos muros. ¡Sacadla a la puerta! para que en su hermoso trono y bajo su palio señorial pueda encontrarse con Él, con su Hijo.

 El fervor va alcanzando las gargantas volviéndose piropos, gritos, cantos, pasión del alma enardecida.

 Álora espera.  Sabe que otro año más volverá a repetirse su milagro.

 Y mientras,  la música vuela,  suenan himnos y vítores,  la multitud exprime de emoción sus corazones y se aprieta emocionada.

 ¡ Caminemos!  Caminemos todos junto a Jesús Nazareno y el Cristo de los Estudiantes,  junto a la Virgen de los Dolores,  junto a San Juan y la Virgen del Amor. Túnicas negras, moradas y verdes se entremezclan y llenan de colorido el Jueves Santo Aloreño.

 ¡Venid conmigo! ¡Sigamos los pasos del Nazareno en esta noche de ternura, de misterio y de amor! ¡Caminemos junto al Cristo que humaniza nuestras  calles, dándoles con su presencia una nota de dolorida ternura!

 Camina con paso medido… Y mientras camina, un profundo dolor se refleja en su rostro,  a la vez tan sereno, sublimado por un sosiego tenue y poderosamente reconfortante.

 Al viento reluce su túnica morada, ricamente bordada, ceñida por elaborado cíngulo en hilo de oro. La larga melena de pelo natural enmarca la faz de un hombre, que dulcemente abraza la cruz que lleva sobre el hombro. Rostro sublime de resignación,  con la espalda encorvada bajo el peso del madero.

  Y cada movimiento es más compasivo, sabiendo que irradia lo más oculto de lo eterno.

 ¡Que nazca el verde en los campos!

 ¡Que las flores perfumen la primavera!

 ¡Que el romero dibuje las calles de verde manto!

  ¡Que la luna ilumine tu cara para mirarte con los ojos del corazón a través de las lágrimas!

 Quién puede contener la emoción cuando bajas la calle Santa Ana,  armonizado el ritmo de tu paso como el alma al cuerpo.

 O entras triunfante en la Fuente Arriba,  donde el gentío recobra el regalo de tu contemplación  y tus portadores te mecen como ceremonial gozoso de reencuentro.

 ¡ Te mueven rítmicamente! ¡ Te elevan sobre sus cabezas!  ¡ Y en un alarde de fuerza y maestría,   sostienen tu paso en alto con una sola mano, como queriendo alzarte al Cielo!

 O  en tu caminar por la calle la Parra donde, ante el final del camino, es como si la luz de la luna, las tulipas de tu paso y los cirios de tus nazarenos devolvieran por un rato al paseante los misterios que durante el resto del año se esconden en la rutina y  pasan desapercibidos.

 ¡Jesús Nazareno, cuántos años enfrentándote a la noche,  para que la noche muera contigo!

 ¡No desfallezcas, Señor! ¡Te seguiremos como lo hicieron nuestros mayores! ¡Que son muchos los años los que te lleva queriendo este pueblo!

 Hachones encendidos, cargados de susurros, caricias y pasión, abren camino al  Cristo de los Estudiantes.

 Crucificado contra un madero  que se mete por los poros de su piel y le priva de la claridad de la soledad.  Le arranca dolor y martirio a partes iguales,  y cuanto más intenta librarse de los clavos,  que han destrozado su carne, más fuerte le mantienen unido a la cruz.  Él decidió que fuera así

 Durante siete años tuve el honor de ser capataz de trono de este Paso. Los portadores y penitentes eran en su gran mayoría estudiantes del Instituto Las Flores.  Aunque para ellos concebí el toque de campana de “atención” y “adelante” o “atrás”, siempre confié en estos jóvenes para  llevar el trono por esa calle Ancha en la que los balcones casi eran parte de nuestro paso; o por la calle Convento donde los varales crujían al abrazo del sentimiento; o por la calle Santa Ana donde con armonioso caminar hacían galas de una gran destreza y veteranía, atreviéndose  a levantar a pulso a su Cristo hasta lo más alto; o a la entrada a la Parroquia donde sus manos acariciaban cualquier parte del trono para sentirse más cerca de Él

 ¡ Ya pasó el Nazareno! ¡Ya lo hizo el Cristo de los Estudiantes! Tras Él, a trasmano de la agonía de su hijo, su Madre, la Virgen del Amor y San Juan.

 Cuánta humildad en su semblante. No hay señal de menosprecio. No hay un gesto desconsiderado. Sólo dolor por sus penas,  que retorna en amor, fervor y llanto.

 Dolores Coronada irrumpe como una estrella en las miles de pupilas que se arremolinan en la “Fuentarriba”…  y un nudo de emoción nos atenaza la garganta.

 ¡ No son las flores, ni las velas de tu candelería la luz que veo! ¡Ni es el brillo de tu cajillo lo que reluce! ¡Eres Tú, Virgen de los Dolores!

 ¡ No hay brillo capaz de eclipsar tu propia luz! ¡No te hacen falta adornos para que la noche sea día!  

 ¡ Tus lágrimas son la fuente donde bebe el sosiego!… ¡Y la paz! …!Y el anhelo! …!Y la victoria,!… ¡Y la felicidad infinita!

 ¡Te meces suavemente a toque de campana exacto! ¡Y las bellotas de tu negro palio, tan hermoso, bordado en oro que es sacro y virginal tapiz , comienzan su particular sinfonía!

 ¡ Se estremecen las bambalinas con saleroso balanceo de campanillas que ponen sonido a la noche!

¡  Se mueven los rosarios, los flecos y el manto!… ¡ En sus manos, un pañuelo bordado en hilo santo!… ¡En su pecho, un puñal que le rompe el corazón!

 Suena una saeta, la voz rasgada y ronca rompe la noche,  y la oración cantada arrulla y consuela a la Señora.

 ¡No te la lleves todavía, capataz!¡ Déjanos traerla otra vez a hombros de la ternura!¡Ella está en su barrio, en la capilla de la calle, en el templo acogedor de una noche de primavera!

 ¡Déjanos mecer su trono interminablemente! ¡Hasta que su dolor se transforme en un dulce sueño! ! Hasta que la candelería se consuma lentamente  y se transforme en imposibles lágrimas!

 Y tenemos que caminar de espaldas durante unos momentos porque nuestros ojos se resisten a dejar de mirarla,  y nuestra palabra pone letra a la música que se convierte en plegaria:

 ¡ Virgen de los Dolores, nada mas que Tú! ¡No necesito el aire ni recuerdos! ¡Nada más que Tú para vivir! ¡Nadie más que Tú para sentir que vivo! ¡Y que vivo para Ti.

 

 

 ¿NO LO VISTEIS?  YO, SI LO VI.

 Siempre hemos soñado con mañanas de Viernes Santo empapadas por un cielo azul celeste, con el sol brillante iluminando las fachadas, con bandas compitiendo entre sí en magnificencia y armonía, con un encuentro tierno de sincronía avivada, con gente ilusionadas siguiendo los pasos de Jesús Nazareno y la Virgen de los Dolores  que comparten con todos nosotros unos momentos antes de la “Despedía”.

 

 Pasado el medio día, el sol se viste de primavera para contemplar el conmovedor encuentro del Nazareno con su Madre en  la Plaza Baja de la Despedía.  No alumbran los cirios, pero aquí estamos, un año más, dispuestos a ser destello de emoción,   preparados para vivir la gloria de un encuentro de amor, cumbre de la aventura de sentimiento vivida,  y el sabor agridulce que marcará la distancia de la persona amada.

 Desde la calle Bermejo, la Virgen de los Dolores; desde la calle Atrás, Jesús Nazareno. Ambos entran en la plaza e inician su recorrido bordeándola hasta que los tronos se sitúan frente a frente. El Nazareno  en la parte de la calle Ancha, la Virgen en la de la calle Atrás. Sólo ocho hombres portan cada uno de los tronos, cuatro delante y cuatro detrás.

 Entre ambas imágenes hay distancia. Demasiada distancia, y éste es el verdadero dolor de la Madre.  

 Y precisamente hoy no es bueno, porque la Virgen advierte, sin crispar el gesto, con serenidad y hermosura, que su Hijo se despedirá de Ella muy pronto. Presiente el amargo lamento de su marcha, himno de la Semana Santa aloreña, que se vive hacia dentro como un recuerdo engalanado,  como una oración de adiós.  

 Hay distancia… Pero poco a poco, a la orden precisa del capataz, las imágenes se van acercando y la emoción contenida se aprieta en las gargantas.

 A una señal, con los brazos que se bajan, palma de las manos abiertas hacia el suelo, los portadores delanteros aferran sus manos a los varales, … y  hacen una genuflexión:

  ¡Me arrodillo ante ti, Señor, y te pido que no te vayas! ¡ No me dejes solo!  ¡ No me abandones! ¡ Contigo aprendí a amar, sin ti aprendí a llorar!

 Los brazos hacia arriba  y la palma de las manos abiertas hacia el cielo, los portadores se levantan sin darse cuenta de las lágrimas que corren por sus rostros… Y el viento sostiene levemente el milagro… La caída del trono sobre sus hombros será la recuperación de lo amado, de lo soñado, de lo esperado durante todo un año.

 El ceremonial continúa… Se percibe la emoción en la cara de la gente… Los portadores repiten el acto… Los tronos se aproximan con mucho cuidado, … sin desfallecer, … ocultando el dolor y el sufrimiento.  El aguante no está en la fuerza muscular, sino en la del corazón, es un veneno que penetra en las venas .

 Hay distancia,…  pero menos.  

 ¡Me postro ante Ti, Señor, sólo ante Ti,  para gritar: Venga tu Reino, Reino de justicia, de paz, de perdón, de amor y de misericordia!

 Ya no hay distancia,…  ambos tronos se han detenido frente a frente, tan cerca que los portadores delanteros casi pueden tocarse.

 Se para el tiempo… El estómago se contrae y un nudo se hace en la garganta.  Y su contemplación es algo más que un ejercicio de paz y tranquilidad:

 La Madre se inclina ante su Hijo golpeado, herido y humillado.  Él se inclina ante su Madre. Ella sabe que ha llegado el momento en el que la espada de dolor se clavará despiadada en su corazón. Tiene que contemplar la pasión y muerte de su propio Hijo. No se esconde para no verlo.  ¡Ahí está! ¡ Muy cerca!  Tan cerca que  estábamos allí y pudimos verla en sus dolores. Agonizando su tormento, mientras su Hijo proclama con la cruz a cuesta el sentimiento más sublime.

 ¿No lo visteis? … ¡Yo, si lo vi! ¡Y no me miente la memoria! ¡ Pude verlos a los dos cruzando miradas de amor!

 ¿No lo visteis?… ¡Ellos se miraron! … ¡Pude verlos! … ¡Dos imágenes en una y un solo dolor! … El dolor de la muerte, el dolor del Amor, el dolor desgarrado de las entrañas, el dolor derramado por la Paz y la Soledad …

 ¿No lo visteis?… ¡ Yo, si lo vi!

 El encuentro se transforma en emocionada “despedía”. A la entrada a la calle Ancha, la Virgen de los Dolores contempla cómo su Hijo regresa a su Capilla en las Torres.

 Qué sola queda María. La multitud es para Ella un susurro,  como si no hubiera nadie,  sólo el cielo y la tierra  y el desgarro instintivo de una Madre que llora como nadie esperando el regreso de un drama.

  

¡TODO SE HA CONSUMADO! 

 Cuando el día comienza a cerrarse y los cirios dejan sentir su tímido tintinear: se acuna la tristeza en el madero de la esperanza,  se alzan las ilusiones en el cielo de la pena,  se tiñen las pupilas del color de las lágrimas, se nubla el sentimiento en la noche de la desolación, se agita el corazón en la cárcel de la melancolía,  se vivifica tu silencio, María, el más elocuente del universo,  al compás de la calma.

 Cristo ha muerto, han bajado de la cruz el cuerpo inerte y lo han depositado en el regazo de su madre, que lo abraza con sereno dolor.  El cuerpo de Cristo, el cuerpo nacido de María, vuelve al seno de su Madre.  Sólo aguarda las manos cálidas que porten su divino cuerpo al sepulcro de piedra.

 ¿Qué siente una mujer que ha visto morir a su hijo y quiere con el postrero abrazo devolverle la vida perdida, aún a sabiendas de que eso no es posible? 

 Serenidad en la muerte. Su dolor maternal infinito tan sólo se hace visible en la ligera alteración de su entrecejo  y en una mirada que parece perdida en el recuerdo de la vida pasada.

 Pena imposible de calmar.  Soledad de un vacío inabarcable del que brota la sagrada Piedad interior que le hace aceptar y cumplir todos sus deberes como Madre,  con amor,  Piedad  y Silencio.

 Buscando la penumbra del anochecer,  y cuando todavía los cirios alumbran los pasos de la Virgen de la Piedad,  en lo más alto de las Torres ya se respira el incienso   y se escapan los suspiros de un pueblo emocionado por acompañar a su Virgen de las Ánimas.

 He estado muy ligado a este Paso desde que los funcionarios del Ilmo. Ayuntamiento de Álora lo sacaron en procesión. He vivido los avatares de su historia con afecto y simpatía. Me alegra enormemente la notable devoción que la Virgen de las Ánimas tiene en nuestro pueblo, acrecentada por las «promesas» a la Virgen y las oraciones por las almas de los difuntos.

 ¡ Con Ella regresa otra vez el momento de una lágrima!  ¡Y otra vez un sueño!   ¡Y una y otra vez veremos a la rosa mística en encajes acariciada!  ¡Y nos dolerá el alma de quererla, sentirla y soñarla!  ¡O llorar una y otra vez, para que en nuestra penitencia podamos pedirle por la madre enferma en casa, el hijo cautivo de la droga, la curación de un ser querido, el sosiego y la calma.

 ¡Volved a la calle,  que a ella sale la primavera!  ¡Deteneos!  ¡ Apostaros en las aceras prestos al sentimiento!  ¡ Dejad pasar a los penitentes,  que en fila interminable, alumbran en silencio un recorrido de amor hacia el propio corazón!

 ¡ Es un silencio que habla sin palabras: ellos callan,  escuchan,  veneran  y aman!

 Ella no va sola, acompaña a su Hijo muerto.  La vida ha escapado de su cuerpo, y el sentido ha expirado.  Para todos es igual, Jesús no es una excepción: el que comienza la vida tiene que acabarla.  Nadie puede escapar a la muerte.  

 ¡Cristo muerto!  ¡Sin vida el que da la Vida!  !Sin vida, porque nos ha dado su vida para que tengamos vida!  !Sin vida para poder dar muerte a la muerte, garantía de nuestra vida eterna!  ¡Es la muerte de Cristo!  ¡La muerte de la vida!  ¡Es asfixia y agonía!

 Todo se ha consumado…  Las profecías, inexorablemente, se han cumplido.  Un lecho mortuorio cobija el cuerpo inerte de Jesús, con sus manos agarrotadas,  sin caricias,  la mejilla dura y sucia; su cuerpo ensangrentado lo cubre una palidez cadavérica y sus pies denotan el terrible suplicio que ha sufrido. Si conseguís acercaros, observaréis también escoriaciones en las rodillas fruto de sus múltiples caídas.

 Con Cristo compartimos su suerte humana: el dolor y la muerte. El domingo habrá resurrección, pero esta noche sólo hay tristeza. Hoy estamos más cerca del sepulcro lacrado que del sepulcro abierto, más cerca de la pena que de la esperanza.

 ¡ Cristo yacente!  ¡ Cristo sepultado!  ¡ Has muerto por nosotros, y a veces también, has muerto en nosotros!

 La muerte, tal vez sí.  La muerte sola.

 ¡Virgen de la Soledad!  ¡Esperaré con ansias la medianoche  y con fervor tu llegada!  ¡Esperaré con amor tu presencia y con esperanza mis lágrimas!  ¡ Esperaré que sople el viento trayendo tu aroma en delicados matices y perderme todo el tiempo en tu mirada!

 A lo lejos, las pálidas farolas iluminan las esquinas.  Ya se escucha el susurro de los rezos y se atisba la ilusión en el horizonte. ¡ Es la Belleza que llora o el llanto hecho belleza! De riguroso luto, de rostro sereno, mirada perdida y vacío en el alma.

 Su presencia ilumina la noche, como aquella caída de la tarde de rocío,  como aquel amanecer de primavera, como el florecer de la vida. De sus ojos florecen palabras de ternura, vida y devoción.  Provoca amaneceres cuando nos viene y anocheceres cuando pasa.

 Ella, la Señora, no lleva alhajas.  En sus delicadas manos, un hermoso rosario y un pañuelo de encaje. Por corona una aureola de doce luceros. Sobre el pecho un corazón atravesado por un puñal. Anida la tristeza en su semblante y el llanto fluye silenciosamente.

 ¡Que se  abran balcones y ventanas!  ¡Que se abran todas las flores: lirios, azucena y acacias, los nardos y los claveles!  ¡Que el azahar se derrame para que sirva de alfombra a la Reina de los cielos!  ¡ Que siendo Reina del mundo, de sufrimiento se ahoga en la noche más dolorosa, la más dura para una madre: su Hijo ha muerto! ¡ Pierde a su Hijo, su único Hijo, … y queda sola! 

 Cientos de cofrades la acompañáis. No queréis que la Madre esté sola esta noche. Acompañáis a vuestra Reina,  a vuestra Señora en esta noche cruel.  Queréis mitigar su soledad, aunque no podáis quitarle la pena.

 Afortunados aquellos que al verla aun sienten lágrimas en sus ojos, porque a Ella ya no le quedan,  sólo permanece el rasgado silencio en el que tan bien nos entendemos.

  

TODO ENCAJA. TODO TIENE SENTIDO

 Ahuyentemos el tiempo, que ya no existan esos minutos largos y pesados que han destilado amargura, porque justamente la Resurrección de Cristo ha transformado esos acontecimientos no en simples sucesos históricos,  sino en algo que traspasa el tiempo y el espacio.

 No hay resurrección sin alegría, sin fiesta, sin júbilo, sin victoria, sin bautismo. Nacidos para ser hijos de la luz,  hijos del día,  nacidos de las aguas bendecidas,  donde se trasparentan los rostros de un muerto que vive y de una madre que convierte el dolor en alegría.

 Esta es la procesión que ahora nos toca vivir: la de Cristo Resucitado en la que participan todas las cofradías, conformando un horizonte multicolor que enriquece las formas y las expresiones de fe en la calle. Así lo pidió D. Francisco Ruiz Salinas. Y así se hizo: 

 Había que procesionar el triunfo de aquel que venció toda violencia;  había que procesionar el perdón de quien murió perdonando;  había que procesionar el amor de quien lo mostró hasta el extremo más inmenso;  había que procesionar la belleza y la alegría de quien ha vencido cualquier despropósito;  había que procesionar la gracia y la vida que fueron infinitamente más grandes que el pecado y la muerte.

 Y así se hizo: Gente, música, color, luz, armonía , todo en torno a un Cristo triunfante.

 Ahora todo encaja, todo tiene sentido: el dolor y el sufrimiento se han convertido en redención y esperanza.

 

 DEJO MI PALABRA EN VUESTROS CORAZONES

 Esta es la Semana Santa de Álora, la que muchos hemos vivido y que vamos a disfrutar dentro de unos días.  La que dejamos en las manos de nuestros hijos como una importante herencia.  La que yo ahora les doy a los míos, a los nuestros.

 Mis palabras ya forman parte del pasado.  No han tenido más presente que el que mis labios han querido darle. El próximo año  volverán las palabras y el sueño comenzará a repetirse. Una voz distinta habrá en este atril, del que yo ya me retiro dejando reposar en él mi maravilloso sueño: Haber escrito el capítulo XXII del hermoso libro de pregones de esta ciudad.

 Mi recompensa la acabo de encontrar en este momento con vosotros, al haber vivido para contar una experiencia enormemente gratificante e imborrable.

 Todo está dicho. Así siento y vivo nuestra Semana Santa,  y así lo he manifestado.

 Esta es mi fe y éstos son los más íntimos sentimientos que a lo largo de horas de reflexión me han brotado del corazón y del alma.

 Así los proclamo y los promulgo, así los recojo en este pregón y los comparto con vosotros que me honrasteis al confiármelo.

 ¡ Dejo la atalaya de la fe! ¡El reposo de la palabra! ¡La presencia de mi soledad y el calor de mi pueblo!

 ¡ Dejo mi palabra en vuestros corazones!

Muchas gracias.

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