5 diciembre, 2021

La Fuentarriba

 Un pueblo sin cultura es un pueblo sin alma, y porque este no es el caso de Álora, es por lo que pretendemos dar a conocer a las presentes generaciones algunas muestras de nuestro pasado con el fin de recrear la ilusión en su porvenir.

Cuando las edificaciones de Álora se expansionan distanciándose de lo que originariamente fue su punto geográfico mas emblemático, el Castillo y sus calles mas aledañas, pasa a ser la Fuente de Arriba el centro que aglutina y donde se decide la vida cotidiana de esta ciudad. Y es la Plaza Alta o “Fuentarriba” la que ocupa el papel que venía desempeñando la Plaza Baja, equiparándose por ejemplo, a la Puerta del Sol con respecto a Madrid.

En la Fuente Arriba desembocan pronunciadas calles tales como Rosales, Escribanos, Cantarranas, Algarrobo, Santa Ana, otra llana, la Vera Cruz, que alterna con otras en su comienzo llanas pero que terminan y confluyen en pendientes, como son la de La Parra y Atrás. Siempre ha sido el lugar común que ha servido de escenario a aspiraciones, fatigas, esperanzas o sufrimientos de miles de perotes a lo largo de su historia.

Ha sido denominada con nombres diversos: Fuente Alta, Esquina del Limón (1.641), Plaza Alta (1.648), de la Fuente (1.680), Calle de la Fuente (1.782), Plaza de la Soberanía Nacional (1.868), Plaza de la República (1.873), Plaza de la Constitución (1.875), Avenida de Romero Robledo (1.906), terminando siendo llamada de José Antonio Primo de Rivera (1.937)  ampliándose, al ser demolido el Beaterio de la Concepción comúnmente conocido por el Convento de las Monjas, a denominarse Plaza del Generalísimo. Estamos hablando de la Fuentarriba de ayer y la que se acerca a la actualidad. Al desaparecer el Convento se acortan las calles Atrás y Parra, y destaca en primera línea el Ayuntamiento, el que fuera antiguo Teatro Apolo, en cuya fachada se instala el reloj que figuraba en el destruido Beaterio que se adquirió entre 1.893/95. Al construirse la Plaza del Generalísimo se edifican asientos de mampostería en cuyas espalderas figuraban los escudos de las capitales que, en aquella época de guerra civil, permanecían adictas al Movimiento. 

Con el transcurso del tiempo se fue configurando la Fuentarriba. Frente a la calle Rosales, según consta en Escritura del año 1.645, existía el Barranquillo, que desapareció a finales del siglo XVIII. También se llegó a derribar un muro que la separaba de la calle Santa Ana, que llegaba hasta la entrada de calle Carmona, llamado “la paerilla”, donde estaba instalado un nicho con cancela de hierro que albergaba al Santo Cristo de Marcelo. Al desaparecer el muro, el nicho fue trasladado al costado izquierdo de la casa nº 1 de la calle Santa Ana, que hace esquina y mira a la Fuentarriba, por encima de la fuente.

Esta fuente es la que ha dado nombre a la calle y era famosa por su pilar alargado, muy frecuentado por las caballerías para abrevar. Recuerdo con añoranza que, cuando yo niño, constituía para mí una aventura llevar mi caballo hasta el pilar con mi padre, que me ilustraba como tenía que tirar de las bridas para mantener la distancia, dejárselas flojas al borde del pilar, sin distraer al animal cuando bebía y mediar para no entorpecer las filas de las aguadoras junto a la ristra de cántaros que esperaban la vez para llenarlos de agua. Era también un espectáculo, al atardecer, ver llegar al trote las reatas de mulos hacia el pilar tirados por la tropa de la mehala para beber, caminando por la Vera Cruz desde el Grupo Escolar donde estaban destinados.

La Fuentarriba es como un crisol dulce y amargo, donde se va forjando la amistad con los vecinos para ir recordándola con nostalgia, obsesiva y permanente, al cabo del tiempo. A veces, sin esperanzas, se rememora al paisano que habitaba este lugar que se fue definitivamente. Por ejemplo mi amigo Pepe Navarro Romero se despide de su amigo el Pena con estos versos: “Adiós mi güen Sebastián / que mu pronto iré yo a verte / y como en la Juentarriba / serás mi amigo en la muerte”. Otras veces Pepe nos recuerda y recomienda no olvidar nuestro pasado: “Las saetas de aquel Pena / no la dejes de dormir / para que se puedan oír / por las calles aloreñas”. Y en otra ocasión, rebuscando en nuestra leyenda, va construyendo la copla: “En el café de La Palma / en el cante que hizo el Pena / en las murallas dañadas, / en la voz de tus poetas…”

Ya que menciono a Pepe Navarro, voy a referirme a un hecho histórico acaecido en la Fuentarriba, en la esquina de los Melones antiguo bar de Hocicazo o Jocicaso donde intervino, según me contó Pepe, su padre Juan Navarro. Un Jueves Santo, procesionando las imágenes por la Plaza de la Fuentarriba, figuraba San Juan entre el Señor de las Torres y la Virgen de los Dolores. Le cantan una saeta a San Juan, que se decía: “Por allí viene San Juan / y lo traen cuatro estiércol / Juanillo el de Juan Sinsal / con Luquillas el Cascarero / y otros dos estiércol más.” Los portadores del santo descansaron el trono en el suelo y se dieron una buena carrera para intentar coger al saetero que traspuso volando por la calle Algarrobo hasta la calle Zapata donde vivía. Esto ocurrió al paso por el café y cervecería de Navarro que luego sería la del Corucho.

El vínculo y el apego, la adaptación entre los ciudadanos en la Fuentarriba y sus aledaños se cocinaba en el conjunto de tabernas y cafeterías que estaban establecidas en este reducido espacio. Recuerden los mentideros de tertulianos en los dos Café de la Palma, el que regentaría Pedro Vila hasta el año 1.932 hasta pasar a ser la tienda de Victorino Calleja. El de Juanico el de la Palma, también llamado el Salón, en la casa de los boticarios, que posteriormente fue el Círculo de Labradores. El Casino, en casa de “señá” Isabel, madre de Cristóbal Díaz, sede posteriormente del Banco Central. El café de Mariquita “la Rubita”, mas tarde de Fernando Fernández “el Rerre”. El de Manolo García “el lagareño”, luego regentado por mi amigo y compañero de mili Paco Maese. En la que fue la tienda de Guidú, frente a la casa hoy de Pepe Luis Guidú, estaba el café del Pena, luego café de Gámez “el tío del economato”, terminando como la Taberna de Pedro Vila. Le seguía en la esquina de los Melones la Tasca “del de Totalán”, posteriormente el bar de “Josicaso”. El café de Osuna, esquina de calle Carmona y Cantarranas. El café del Militar regentado por Zafra, que luego sería el bar de Periquete o el bar de Juan Ocaña “el Chismo”.

Cada una de estas cafeterías disponían de una clientela fija y determinada, conservando los enseres por lo general y el mobiliario de los antecesores dueños que pasaron por la Fuentarriba  primitiva, en aquella Plaza – de ahí el dicho popular de “hacer plaza”- donde los obreros esperaban al anochecer ser contratados para realizar las peonadas del día siguiente.

 

                                                                                                  Felipe García Sánchez

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