31 octubre, 2020

Veraneando

Que es gerundio. El veraneante se llama don José. Y ya cierra el pico y no agrega ningún otro dato diferenciador, no sea que puedan servir de rastro para su localización y se la hagan redonda. Porque la aspiración de todo el año de don José, el veraneante, ha estado centrada en alejarse cautelosa y furtivamente de su residencia habitual, sin previo aviso a nadie, e instalarse en un lugar escondido de la Costa del Sol… No cree el veraneante que con haber dicho «Costa del Sol» facilite ninguna pista, porque la Costa del Sol casi comprende ya la faja de tierra próxima al mar –con algunas otras menos próximas- se extiende desde Irún, a la izquierda, luego hacia abajo, torciendo después a la derecha y subiendo por l’lltimo hasta un poco más allá del cabo de Creus.

Hoy es el primer día de veraneo de don José. A la salida de casa, cuando tomaba el coche, le abordaron para consultarle dos o tres cosas.

-Verá usted, es solo una pregunta sin importancia.
-Verá usted, yo quisiera saber…
-Verá usted…
-Verá usted…

(Don José es uno de esos profesionales que se ven sometidos todo el año y a todas horas a una intensa y agotadora tensión).

–Si, Si… Yo creo que hace usted bien, porque con eso no se pierde nada.
–Bueno, cuando yo vuelva…
Vaguedades.

¿Y usted a donde se va, por si tengo que escribirle o visitarle en estos días?
(¡Lagarto, lagarto. . .!)
— ¡Pero si no merece la pena! Además, como acaba de decir, la cosa no tiene importancia y puede esperar. No se preocupe. Cuando yo vuelva…

Don José, el veraneante, oyó decir una vez a un compañero que no hay asunto, por importante y urgente que sea, que no pueda esperar un año, y ha meditado mucho sobre este genial parecer. ¿Habrá alguno más importante y urgente que el veraneo? ¿Y cuánto hay que esperar?

Carretera, carretera, carretera. Mar, mar, mar… ¿Cuántos kilómetros? ¿Cuántas horas de viaje? iAh! Sólo hay un par de leales iniciados que están en el secreto de la ubicación de don José. El veraneo es un juego muy serio. Y el juego es callado.

-¿Qué le debo? -pregunta nuestro hombre al taxista cuando llega a su destino.
-Tanto.

Nada de cifras reveladoras, porque hoy sabe todo el mundo lo que cuesta un kilómetro de recorrido en taxi.

Acomodo en el piso, colocación y distribución de cacharros Aperitivos y tinto. Confección de la comida. Comida.

Y después a dormir. Porque uno de los deseos de don José, contenido durante once largos meses y no satisfecho ni siquiera los domingos, ha sido éste: dormir. Pero dormir como Dios manda, sin horarios exigentes ni malos ratos por minutos de más o de menos. iQué invento el del reloj!

Don José, el veraneante, a causa del trabajo desarrollado para poner un poco las cosas al día antes de emprender el viaje, ha venido padeciendo en las dos o tres últimas semanas de extrasistoles. El no sabe ahora bien si se dice asi o se dice extrasistolia. Y el caso es que tampoco puede salir de dudas, porque hubiera sido el colmo haberse traído el nuevo diccionario de la Academia que utiliza en estos casos y que pesa horrores. Lo que sabe es que cada dos por tres se notaba un toquecito raro en semejante sitio (se refiere al órgano alojado en la parte izquierda de la cavidad torácica), y entonces perdía una pulsación. Y así… Alguien le aconsejó que cuando le ocurriera tal cosa se tomara un whisky; pero el whisky no es bebida de su devoción. El suele decir que, después del veraneo, lo que más le gusta es el tinto; Hasta que un amigo le aseguró que lo mejor para eso es relajarse, y bien.

Don José, después de comer, se ha relajado con cinco horas de siesta. Luego se ha fumado unos cigarros, se ha tomado dos o más tazas de café (de malta, quiere decir, sin aditamentos de ninguna clase) y se ha sentado a gusto para seguir relajándose, que es lo bueno. No ha salido a la calle.

Fuera, a distancia, ruido de altavoces, tios-vivos y jarana, porque se ha encontrado con la sorpresa de que en el pueblo es feria. Allá ellos.

La familia duerme. Parte de la familia. Los restantes miembros iran incorporándose, chorreados, en días sucesivos. Este detalle de la familia no lo había consignado por creerlo ocioso. Porque, ¿existe algún veraneo sin llevar a la familia por delante?

A distancia, ruido de feria. Aqui, agradable brisa, inoperancia de los tictaces del reloj, «ducados», malta, paz, sosiego. modorra, relajamiento… iVeraneo, Señor!

18 de julio de 1971

JUAN CALDERÓN RENGEL

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