5 diciembre, 2021
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Privilegio de Dios

Hoy, 23 de enero de 2019, a unas horas de marchar hacia la aldea del Roció para la anual peregrinación que hace nuestra Hermandad, Diego “el de la cantina” nos ha dejado. Nuestra Madre de las Ánimas lo ha recogido para llevarlo al lado del Señor.

Esta situación vivida hoy, ahora y en este momento me ha hecho reflexionar sobre mi vida cofrade y de fe. Cuanta gloria y cuanto dolor puede haber en nuestras experiencias cristianas al mismo tiempo.

Dios me ha dado el privilegio de ser el vestidor de Nuestra Madre y Señora de las Ánimas. Desde muy pequeño he prestado especial atención a cada detalle, pues recuerdo con cierta nostalgia aquellos días en los que al lado de Maruchi y Juanito me quedaba mirando, sin apenas parpadear, como engalanaban a la Virgen, pues no quería perderme ni un alfiler que pusieran.

El tiempo pasaba, los años hacían que cada vez participara de forma más activa en Nuestra Hermandad y fui paciente, quise esperar a que Ella quisiera, y quiso. Una llamada del actual Hermano Mayor, Paco Lucas,  y me vi envuelto en una tarea que ni yo mismo estaba seguro que pudiera emprender. En ese momento pensé en mucha gente, en toda esa gente que de forma desesperada se encomienda a Nuestra Madre para que haga “el milagro de los milagros”, pues Ella es Reina de los milagros, Abogada de lo imposible y Consuelo de los perotes. Ahí entendí que Dios me daba la oportunidad de hablarle de cerca y que no podía rechazar coger sus manos.

Otro privilegio de Dios; tuve una maestra de sonrisas, una maestra de dedicación en la sombra, de verdadero amor a Jesús, una maestra orgullosa del “morao”, una maestra en vivir la vida como si se acabara hoy mismo. Maestra de mucha gente y de la alegría. Se fue a vestir a Nuestra Madre a la Gloria y desde allí cuida de su Hermandad y de su gente. “Porque la de la cara morena, la que quiso desde niña y a la que contó sus penas, la estuvo llamando para que se fuera a su vera”.

La Virgen de las Ánimas es Madre, cuando miramos sus ojos, solo puede salir un “ay Madre mía” y ella ya entiende lo que quieres decirle. Cuantos secretos guarda, cuanto consuelo nos da y cuanto nos enseña cada día. Gracias Madre, porque como buena Madre hiciste que tus hijos de la Hermandad se unieran en una GRAN FAMILIA.

Dios me encomendó ser la persona que estuviera más cerca de la Virgen en los momentos más íntimos, en el momento más doloroso para una Madre, en el momento del luto y la tristeza, en el momento de la sepultura de su hijo. Pero mira si es grande Dios, que para que no me quedara con ese sufrimiento, quiso que vistiera de Gloria y de sol a la misma Madre, con nombre de Flores. Gracias Señor de las Torres, por dejarme aliviar el dolor de Nuestra Señora de las Ánimas en el nombre de Flores.

Desde aquí quiero agradecer a todas las personas que confían en mí para esta privilegiada labor. Seguiré hasta que la Virgen quiera y Dios me lo permita.

Sigamos dando calor y alumbrando el camino del Sepulcro a Nuestra Madre cada Viernes Santo,  ella nos lo recompensa cada segundo, cada minuto y cada día de nuestras vidas.

José Antonio Díaz García  

Foto: Reina Vera, Juan Ramón ( Cartel 2019 )

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